viernes, 9 de octubre de 2026

¿De verdad creemos que castigar más es la solución a la delincuencia?


 INTRODUCCIÓN

Cuando cuento a personas que no me conocen a qué me dedico, suelo observar dos reacciones bien diferenciadas. Algunas, generalmente quienes han sufrido un delito y saben lo que significa, valoran lo que les explico y enseguida me dicen que esa justicia de la que hablo es la que debería existir de forma universal. Otras, en cambio, a menudo personas que manifiestan estar hartas de la justicia, aunque nunca han sufrido un delito, poco menos que se ríen de mí, me llaman ilusa y me preguntan con cierta sorna: «¿De verdad crees que un delincuente va a dejar de delinquir solo por escuchar el impacto que su delito ha tenido en la víctima? La cárcel es lo único que puede ayudar a evitarlo».

Esta es la dicotomía en la que me muevo habitualmente. Estoy convencida de que experimentar las consecuencias de un delito en primera persona puede cambiar nuestra forma de mirar la justicia, aunque, por supuesto, no todas las víctimas piensan igual ni tienen las mismas necesidades.Pero hay algo que sigo preguntándome: ¿por qué nos empeñamos en creer que, cuando alguien causa daño, la única respuesta posible consiste en causar todavía más daño? Parece que algunos siguen aferrados a aquella vieja idea de que «la letra con sangre entra», pese a que la realidad nos demuestra que el castigo, por sí solo, no garantiza que una persona comprenda lo que ha hecho ni que deje de hacerlo.

EL CASTIGO COMO ÚNICA SOLUCIÓN

Durante mucho tiempo, hemos confiado en que el castigo y la vergüenza estigmatizante permitirían neutralizar la delincuencia y evitar la reincidencia. Sin embargo, cuando la respuesta se limita a señalar, humillar y excluir a quien ha cometido un delito, corremos el riesgo de alimentar un círculo de más vergüenza, aislamiento y violencia.

Este modelo se apoya en elementos como la acusación, la confesión, el castigo y la deshumanización. Su lógica es sencilla: identificar al culpable, imponerle una sanción y apartarlo del grupo. El problema es que, cuando convertimos la exclusión en nuestra principal respuesta, dejamos de preguntarnos qué necesitamos hacer para que esa persona pueda regresar a la sociedad sin volver a causar daño.

Necesitamos que las personas que han cometido delitos puedan seguir sintiéndose parte de la comunidad, sin que eso signifique minimizar lo sucedido ni restar importancia al daño causado. Excluir a alguien por lo que ha hecho no garantiza que deje de hacerlo; ofrecerle la oportunidad de responsabilizarse y actuar de manera diferente puede abrir un camino distinto. Para ello, es necesario que comprenda las consecuencias de sus actos, reconozca el daño y encuentre razones para construir una historia diferente a la que le llevó a delinquir.Aquí es donde cobra sentido el cambio de paradigma que propone la Justicia Restaurativa. Frente a una respuesta centrada exclusivamente en la acusación, el castigo y el estigma, plantea dar espacio al reconocimiento del daño, la reflexión sobre los propios actos, el remordimiento cuando surge de forma auténtica y la reparación.Estos elementos no son una fórmula mágica ni garantizan que no vuelva a cometerse un delito. Pero permiten trabajar aspectos que el castigo, por sí solo, no necesariamente aborda: la comprensión del impacto causado, la asunción de responsabilidad y el compromiso de actuar de otra manera.

La persona ofensora tiene así la oportunidad de hacer algo correcto después de haber hecho algo dañino; no para borrar lo sucedido ni para obtener automáticamente el perdón, sino para asumir las obligaciones que nacen del delito y contribuir, en la medida de lo posible, a reparar sus consecuencias. Y, al mismo tiempo, se le transmite un mensaje fundamental: tendrá que responder por lo que ha hecho, pero no está condenada a ser para siempre aquello que hizo.Responsabilizar no es humillar, del mismo modo que reintegrar no significa justificar. La comunidad puede exigir responsabilidad y, a la vez, ofrecer oportunidades para que quien ha causado daño pueda cambiar, reparar y demostrar con sus actos que es capaz de comportarse de otra manera.

CONCLUSIONES

Quizá el problema no sea que confiemos demasiado poco en el castigo, sino que confiemos demasiado en su capacidad para resolver por sí solo un problema tan complejo como la delincuencia. Necesitamos respuestas que protejan a las víctimas, reconozcan el daño y exijan responsabilidad, pero también que aborden aquello que puede contribuir a evitar que vuelva a producirse.La Justicia Restaurativa nos invita a abandonar la falsa disyuntiva entre ser firmes con el delito y ofrecer oportunidades a quien lo ha cometido. Podemos exigir responsabilidad sin deshumanizar, reclamar reparación sin imponer el perdón y proteger a la comunidad sin convertir la exclusión permanente en nuestra única respuesta.

No se trata de creer ingenuamente que escuchar a una víctima cambiará automáticamente a cualquier delincuente. Se trata de comprender que, si queremos prevenir nuevos daños, también debemos ofrecer oportunidades reales para reconocerlos, asumirlos y actuar de forma diferente.Porque una sociedad no demuestra su fortaleza únicamente por su capacidad para castigar a quienes incumplen las normas, sino también por su capacidad para conseguir que quienes han causado daño puedan responsabilizarse, reparar y volver a contribuir al bienestar de los demás. Y quizá ahí resida uno de los mayores retos de la justicia: no conformarse con responder a lo que alguien hizo ayer, sino trabajar también para que mañana no vuelva a hacerlo.

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