INTRODUCCIÓN
Cuando hablamos de víctimas, pensamos automáticamente en la persona que ha sufrido directamente el daño causado por el delito. Es, además, la concepción que tradicionalmente ha ocupado el centro de atención del sistema de justicia.Y, efectivamente, la primera persona afectada es quien sufre directamente las consecuencias del delito, tanto materiales como psicológicas. Sin embargo, existe una cuestión que a menudo olvidamos: no todo daño puede cuantificarse en dinero.La justicia tradicional tiende, en muchas ocasiones, a traducir las consecuencias del delito a una compensación económica. Pero para algunas víctimas, especialmente cuando hablamos de daños morales, económicos o emocionales, el dinero no es necesariamente la reparación que necesitan.
La reparación puede ser también moral.Y aquí aparece una de las grandes dificultades de la justicia retributiva: no siempre favorece que quien ha causado el daño llegue a comprender sus consecuencias, asuma su responsabilidad y trate de repararlo de una manera significativa para quien lo ha sufrido.Para muchas víctimas, la reparación comienza precisamente cuando alguien reconoce el daño causado y se responsabiliza de él. Necesitan saber que lo ocurrido no ha sido ignorado, que su sufrimiento importa y que existe alguien dispuesto a asumir las consecuencias de sus actos.Pero el daño provocado por un delito no termina necesariamente en la persona que lo ha sufrido directamente.









