Hoy quiero retomar el tema de la culpabilidad y la vergüenza en el infractor. Con frecuencia tendemos a juzgar a quien ha cometido un delito y a pensar que, si no lo reconoce, es porque es “malvado”. Sin embargo, olvidamos que, como seres humanos, estamos profundamente guiados por nuestras emociones. En muchas ocasiones, la vergüenza puede llevar precisamente a negar el delito, no por ausencia de conciencia moral, sino como mecanismo de defensa.
Por eso, las sesiones individuales dentro de los procesos restaurativos pueden ser un instrumento clave para ayudar al infractor a transitar de la vergüenza hacia la culpabilidad o, al menos, a transformar lo que John Braithwaite denominó “vergüenza estigmatizante” en “vergüenza reintegrativa”. Los infractores, en su mayoría, no son ajenos a este entramado de emociones contradictorias. La Justicia Restaurativa, junto con otros profesionales, puede ayudarles a identificar, ordenar y reforzar aquellos sentimientos que resulten constructivos y les permitan avanzar hacia una conducta responsable.
Leía hace un tiempo un artículo que señalaba que los presos que experimentan culpabilidad son menos propensos a reincidir que aquellos dominados por la vergüenza. ¿Por qué ocurre esto?









