INTRODUCCIÓN
El empoderamiento es algo positivo y constructivo. Vivimos en un mundo en el que casi todo parece estar gestionado por personas ajenas a nosotros. El Estado y las instituciones nos tratan, con demasiada frecuencia, como si fuéramos incapaces de decidir por nosotros mismos. Pensemos, por ejemplo, en lo que sucede cuando acudimos a los tribunales: una vez iniciado el proceso, todo queda en manos de profesionales y nuestra capacidad de intervenir en la gestión del conflicto es escasa o prácticamente inexistente. Parece que quienes mejor saben lo que nos conviene son siempre los demás.
Esta pérdida de poder alcanza una de sus expresiones más significativas cuando el Estado, en su afán por defender a las víctimas, termina convirtiéndose en la víctima principal del delito, relegando a quienes realmente han sufrido el daño y privándoles de la posibilidad de decidir, expresar sus opiniones o manifestar sus necesidades.Es precisamente lo que Nils Christie puso de manifiesto al hablar de la apropiación estatal de los conflictos. Quizá no se pretendía despojar a las personas de su protagonismo, sino protegerlas, especialmente cuando se encontraban en una situación de vulnerabilidad. Sin embargo, esa protección terminó desvirtuándose cuando el Estado pasó a erigirse en dueño del delito y de todo lo que sucede durante el proceso penal, olvidando que detrás de cada crimen hay personas cuya vida puede haberse visto profundamente afectada.









