INTRODUCCIÓN
Cuando se comete un delito se produce un daño, y la Justicia Restaurativa parte de una idea esencial: hacer “lo correcto”. Esto implica que el infractor pueda reconocer el impacto de sus actos, asumir su responsabilidad y comprometerse a reparar, en la medida de lo posible, el daño causado. Sin embargo, vivimos en un mundo imperfecto y trabajamos con personas, no con modelos ideales. Pensar que todos los casos serán susceptibles de resolverse fácilmente mediante procesos restaurativos es desconocer la verdadera complejidad humana. Y esto deberían tenerlo especialmente en cuenta algunos responsables políticos que presentan los encuentros restaurativos como algo sencillo, rápido o fácilmente replicable en serie. Nada más lejos de la realidad.
Lo habitual, especialmente en delitos graves, es que el infractor no asuma inicialmente su responsabilidad. Puede justificar sus actos, minimizar el daño o incluso negarlo. Por ello, no parece razonable exigir desde el inicio una responsabilización plena como condición indispensable para comenzar un proceso restaurativo. Precisamente una de las funciones más importantes del facilitador será trabajar individualmente con el infractor antes de cualquier posible encuentro conjunto, ayudándole a comprender el daño causado y a reflexionar sobre su responsabilidad.
La responsabilización del infractor es, sin duda, un elemento esencial en Justicia Restaurativa, pero no debe entenderse como un requisito rígido e inmediato, sino como una construcción progresiva que puede surgir a lo largo del propio proceso restaurativo.









