miércoles, 4 de noviembre de 2026

La estructura de un proceso restaurativo: cuerpo, corazón, mente y espíritu

 


Los procesos restaurativos, ya se desarrollen mediante conferencias (también denominadas juntas o reuniones restaurativas en algunos lugares), círculos o reuniones víctima-infractor, tienen, desde mi punto de vista, una estructura ideal. No se trata de un procedimiento rígido ni de una secuencia inamovible, sino de una orientación que debe flexibilizarse y adaptarse a las circunstancias, las necesidades y los tiempos de cada caso.

Me gusta explicar esta estructura a través de cuatro dimensiones: cuerpo, corazón, mente y espíritu. Cada una representa un momento y una finalidad dentro del proceso restaurativo.

1. CUERPO: el encuentro

Es el momento del primer encuentro conjunto entre las personas participantes. Supone pasar de las reuniones preparatorias individuales a compartir un mismo espacio. Es el comienzo de una experiencia en la que las personas implicadas pueden encontrarse, escucharse y reconocerse más allá de los papeles que han desempeñado en el conflicto o delito.

El cuerpo representa la presencia, la disposición a participar y la posibilidad de compartir un espacio seguro, voluntario y respetuoso. Es el momento de establecer las condiciones necesarias para que el diálogo pueda desarrollarse.

2. CORAZÓN: conectar y comprender

Una vez producido el encuentro, comienza a generarse un espacio de diálogo en el que las personas pueden empezar a verse y reconocerse como seres humanos, más allá de las etiquetas de víctima e infractor.

Es el momento de generar confianza, expresar emociones, contar las respectivas historias y compartir cómo se ha vivido lo sucedido. Se trata de escuchar no solo los hechos, sino también su impacto, los sentimientos que han provocado y las necesidades que han quedado sin atender.

Esta fase permite que las personas puedan comprender perspectivas diferentes a las propias y, en ocasiones, construir nuevas narrativas sobre lo ocurrido. No significa cambiar o negar la historia vivida, sino ampliar la comprensión de lo sucedido y de cómo ha afectado a cada persona.

martes, 3 de noviembre de 2026

Justicia restaurativa: reconocer la victimización del infractor sin justificar el delito

 

INTRODUCCIÓN

El énfasis de la justicia restaurativa en abordar los daños causados y las causas que pueden estar detrás de los comportamientos delictivos exige que prestemos atención también a los posibles daños que han sufrido las personas infractoras. Aunque pueda parecer una cuestión secundaria, comprender las experiencias de victimización que pueden existir detrás de algunas conductas delictivas resulta fundamental para abordar el delito de una manera integral y contribuir a evitar que vuelva a producirse.

Diversos estudios han puesto de manifiesto que muchas personas que cometen delitos han experimentado previamente situaciones de victimización, violencia o trauma de considerable intensidad. Otras, además, se perciben a sí mismas como víctimas de determinadas circunstancias, de su entorno, de la sociedad o incluso del propio sistema de justicia. Estas experiencias y percepciones pueden haber contribuido, en algunos casos, a configurar el contexto en el que se produce la conducta delictiva.

El psiquiatra James Gilligan sostiene que la violencia puede entenderse, en determinadas circunstancias, como un intento de conseguir justicia. Desde esta perspectiva, algunos comportamientos violentos pueden constituir una respuesta destructiva a experiencias previas de humillación, injusticia o victimización. Es decir, algunas personas pueden recurrir a la violencia como una forma equivocada de recuperar la dignidad perdida, compensar una sensación de inferioridad o revertir aquello que perciben como una injusticia sufrida.Por supuesto, que una persona haya sido víctima o se perciba como tal no significa que quede exenta de responsabilidad por el daño que ha causado. Comprender el origen de una conducta no equivale a justificarla. Sin embargo, Gilligan advierte de que difícilmente podremos conseguir que determinados comportamientos violentos desaparezcan si no abordamos también los sentimientos y experiencias que pueden estar alimentándolos. De hecho, las respuestas exclusivamente punitivas pueden reforzar, en algunas personas, la percepción de ser víctimas de un sistema injusto, consolidando el resentimiento y la hostilidad.En ocasiones, puede ser suficiente con reconocer y tener en cuenta estos sentimientos; en otras, será necesario cuestionar determinadas percepciones y ayudar a la persona a confrontarlas con la realidad y con las consecuencias de sus actos. También puede resultar necesario trabajar sobre el daño que ha sufrido y sobre la manera en que lo ha trasladado a otras personas. En cualquier caso, la responsabilización y la reparación del daño causado deben ocupar un lugar central en este proceso.

Es comprensible que este planteamiento pueda resultar incómodo para muchas víctimas e incluso interpretarse como una justificación del delito. También debemos reconocer que no todas las personas que han sufrido victimización terminan cometiendo delitos. Haber experimentado violencia o trauma no conduce inevitablemente a reproducirlos. Por eso, no se trata de establecer relaciones automáticas ni de buscar excusas, sino de comprender las circunstancias individuales que pueden ayudar a explicar determinados comportamientos.

lunes, 2 de noviembre de 2026

Justicia restaurativa: veinte años después seguimos confundiendo conceptos

El Tribunal Superior de Justicia de Extremadura (TSJEx) ha comenzado a trabajar en un proyecto piloto de justicia restaurativa penal en el partido judicial de Cáceres, dirigido a explorar nuevas formas de abordar determinados delitos leves y menos graves, principalmente contra el patrimonio. La iniciativa busca que las víctimas puedan expresar el daño sufrido y que las personas autoras asuman su responsabilidad, con el objetivo de reparar las consecuencias del delito y evitar que queden heridas que afecten a la convivencia.

A priori, la noticia me resultó esperanzadora. Para alguien que lleva 22 años trabajando en justicia restaurativa y luchando para que se conozca qué es y cómo se aplica, que surjan nuevas propuestas de implementación práctica y real es, evidentemente, una buena noticia.

Sin embargo, no puedo evitar preguntarme por qué seguimos reduciendo estas iniciativas a los delitos leves. Si se reconoce que los delitos pueden generar heridas que afectan a la convivencia, no solo entre víctimas y personas ofensoras, sino también en la comunidad, ¿por qué seguimos limitando el alcance de la justicia restaurativa? Me cuesta comprender que estemos volviendo a discursos que pensaba que ya habíamos superado. Discursos propios de 2006, cuando comenzamos el servicio de justicia restaurativa en Burgos.

EL PROBLEMA: EN ESPAÑA NO SABEMOS REALMENTE QUÉ ES LA JUSTICIA RESTAURATIVA

El problema que tenemos en España, y que parece no solucionarse, es que no sabemos qué es realmente la justicia restaurativa. Todo el mundo habla de ella, pero no siempre se comprende qué es ni cómo se aplica.

En primer lugar, nuestras leyes son confusas. Dos ejemplos lo ilustran claramente. El Estatuto de la Víctima del Delito confunde en su articulado la justicia restaurativa con la mediación. Por su parte, el artículo 84.1 del Código Penal permite condicionar la suspensión de la ejecución de una pena privativa de libertad al cumplimiento del acuerdo alcanzado por las partes en un proceso de mediación. Con estos ejemplos, difícilmente podemos pedir a la ciudadanía que comprenda qué es la justicia restaurativa. La Ley Orgánica 1/2025, de 2 de enero, de medidas en materia de eficiencia del Servicio Público de Justicia, sí distinguió la justicia restaurativa de los medios adecuados de solución de controversias, pero la incorporó en una disposición adicional, fuera de su articulado principal, lo que resulta insuficiente.Tampoco podemos avanzar si se consulta sobre justicia restaurativa a mediadores, teóricos, profesores universitarios, jueces o fiscales que no acreditan formación específica en este ámbito.

Sería como acudir, para una cirugía a corazón abierto, a un divulgador científico sin formación médica o a un escritor de novelas sobre hospitales, en lugar de a un cirujano. Y esto sucede de forma recurrente en nuestras instituciones. En ocasiones, ni siquiera intervienen mediadores, sino personas voluntarias que reciben, en el mejor de los casos, una formación exprés para desempeñar funciones mucho más complejas de lo que parece.La justicia restaurativa es flexible y se adapta a las personas y a cada caso, pero exige conocimientos, técnicas y habilidades específicas por parte de quien facilita el proceso. Es necesario conocer sus funciones y saber facilitar distintas metodologías, como la reunión víctima-persona ofensora (mal llamada mediación penal) , las conferencias y los círculos. Existen otras intervenciones restaurativas, pero conocer cómo facilitar las más habituales permite también desarrollar otras, como los programas individuales.La propia noticia del TSJEx parece reflejar esta confusión cuando su presidenta afirma que la iniciativa no puede extenderse a todos los delitos y que debe limitarse a aquellos en los que no exista una situación de desigualdad entre víctima y agresor que pueda dejar desprotegida a la primera. ¿Desigualdad entre víctima y persona ofensora? En general, el delito genera un desequilibrio entre ambas, porque incluso el hecho más leve puede tener un impacto importante en la vida de la víctima. Precisamente, la justicia restaurativa busca contribuir a reequilibrar esa situación. El delito vincula a la víctima y a quien lo ha cometido, pero es este último quien ha ejercido el control sobre lo sucedido. El proceso restaurativo puede ayudar a la víctima a recuperar parte de ese control. Continuar leyendo en : lawandtrends

viernes, 30 de octubre de 2026

La comunidad y la justicia restaurativa


 INTRODUCCIÓN

A menudo hablamos de la participación de la comunidad en los procesos restaurativos. De hecho, la justicia restaurativa tiene un importante origen comunitario, pues parte de la idea de que el delito no afecta únicamente a la víctima y a la persona ofensora, sino que también puede dañar los vínculos, la confianza y el sentimiento de seguridad de quienes forman parte de la comunidad.Por eso, la participación comunitaria puede contribuir a gestionar mejor las consecuencias del delito, reconocer los daños y asumir responsabilidades que van más allá de las personas directamente implicadas.

Sin embargo, una de las grandes preguntas es cómo involucrar realmente a la comunidad en la justicia restaurativa. En ocasiones, me han dicho que es imposible o demasiado costoso organizar procesos en los que participen otras personas además de la víctima y la persona ofensora. Pero ¿realmente podemos considerar un gasto innecesario dar voz a quienes también sufren las consecuencias del delito? ¿Acaso la comunidad no ve afectada su confianza, su seguridad o sus relaciones cuando se produce un hecho delictivo?

Creo que una de las principales dificultades reside en determinar quién forma parte de esa comunidad y quién debería participar en los procesos restaurativos. La respuesta es fundamental, porque de ella dependerá cómo entendemos la dimensión comunitaria de la justicia restaurativa y cómo hacemos efectiva su participación.

jueves, 29 de octubre de 2026

Polarización política y daño comunitario: una mirada desde la justicia restaurativa

INTRODUCCIÓN

Actualmente vivimos en una sociedad políticamente dividida. La polarización se ha convertido en una forma de relacionarnos. Quien piensa diferente deja de ser alguien con quien debatir y comienza a ser percibido como alguien contra quien combatir. El adversario político deja de ser un ciudadano con otra visión de la sociedad para convertirse en alguien a quien hay que desacreditar, ridiculizar o excluir.

La política conoce bien el poder de esta división. Una sociedad enfrentada es también una sociedad fácilmente movilizable desde el miedo, la indignación y la confrontación. La crispación no siempre es una consecuencia inevitable de nuestras diferencias; en ocasiones puede ser alimentada deliberadamente porque resulta políticamente rentable. Se construye un nosotros frente a un ellos, se simplifican los problemas y se transforma cualquier discrepancia en una batalla moral. Y el problema es que el daño no termina en la esfera política e institucional sino que traspasa a nuestra vida cotidiana; esto es a las familias, lugares de trabajo, universidades, redes sociales y cualquier otro espacio comunitario. Rompe conversaciones, deteriora relaciones y debilita algo esencial para cualquier democracia: la capacidad de reconocernos como parte de una misma comunidad a pesar de nuestras diferencias. Nos desquebraja como comunidad. Por esto mi pregunta hoy sería ¿qué ocurre con una comunidad cuando la división se convierte en una forma habitual de hacer política? Y, sobre todo, ¿cómo reconstruimos comunidad cuando nos están abocando a la confrontación y el odio? Estos daños que nos estamos causando incitados por las personas que están en las esferas políticas e institucionales pueden y deberían abordarse por la justicia restaurativa. Y no porque pretenda convertir la política en un proceso restaurativo ni porque las diferencias ideológicas deban gestionarse mediante el diálogo. Su aportación es otra: recordarnos que los daños afectan a personas, relaciones y comunidades, y que también podemos preguntarnos qué se ha deteriorado entre nosotros y qué necesitamos para reconstruirlo. Porque como he dicho más de una vez la justicia restaurativa tiene que ver con construir y fortalecer comunidad no solo con repararla.

CONFLICTO NO IMPLICA POLARIZACIÓN

Evelyn Beatrice Hall (bajo el seudónimo S.G. Tallentyre) en su libro The Friends of Voltaire publicado en 1906 dijo la siguiente frase que quizá deberíamos recordar más a menudo: “No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo” Continuar leyendo: lawandtrends