INTRODUCCIÓN
Siempre he dicho que no soy abolicionista. Pienso que, como sociedad, todavía no estamos preparados para eliminar completamente las cárceles y encontrar alternativas capaces de responder a todos los daños que provocan determinados delitos.Me considero más bien minimalista. Soy consciente de que las cárceles están llenas de personas que, probablemente, merecerían tener una oportunidad diferente: una oportunidad para reflexionar sobre el delito cometido, asumir su responsabilidad y reconstruir su vida. Y creo que todos nosotros nos beneficiaríamos mucho más de ello.Intentar evitar que una persona vuelva a delinquir mediante el aislamiento y la estigmatización no parece la mejor solución. Cuando despojamos a alguien de su humanidad, corremos el riesgo de potenciar precisamente aquellas condiciones que pueden favorecer que el delito vuelva a repetirse.Pero también es cierto que existen delitos de extrema gravedad que, por sus características y por la alarma social que generan, pueden requerir una respuesta de prisión. No podemos olvidar el daño causado a las víctimas directas ni el impacto que determinados delitos tienen sobre toda la sociedad.Sin embargo, esto me lleva a plantearme una pregunta:
Si queremos transmitir a la comunidad que determinadas conductas no son toleradas, ¿es necesario hacerlo siempre a través del castigo?Creo que no siempre.









