INTRODUCCIÓN
La reflexión de hoy nace con un propósito muy claro: hablar de todas las víctimas, de todas las personas que han sufrido un daño que el Estado considera delito y que, por tanto, está sancionado por la ley. Personas de carne y hueso, con miedo, dolor, rabia y muchas preguntas sin respuesta.
Cada vez que escucho decir que “las víctimas quieren que se haga justicia”, no puedo evitar preguntarme algo fundamental:
¿por qué parece que hacer justicia se ha convertido en sinónimo de castigar?
Ambos términos se utilizan de forma intercambiable con demasiada frecuencia. Tanto, que cuando se clama por “más justicia”, en realidad lo que se está reclamando, en la mayoría de los casos, es más castigo y penas más duras. Da la sensación de que la palabra “justicia” se ha vaciado de contenido y se usa como un eufemismo para hablar únicamente de castigo.
Si esto es así, surge una pregunta inquietante:
¿qué ocurre con aquellas personas que han sufrido un delito cuyo infractor no ha sido identificado o no ha sido capturado?
¿Debemos pensar que, como no se puede castigar a nadie, entonces no se puede hacer justicia?
Aceptar eso sería profundamente injusto. No solo porque negaría justicia a quienes han sufrido un daño, sino porque supondría abandonar a su suerte a personas que necesitan apoyo, escucha y reparación.
Cuando reducimos la justicia exclusivamente al castigo del infractor —como ocurre habitualmente en el sistema penal tradicional— solo estamos respondiendo a las expectativas de algunas víctimas y de determinados delitos, dejando fuera a muchas otras realidades.
¿QUÉ SIGNIFICA REALMENTE HACER JUSTICIA?
Para muchas víctimas, ya sea porque el infractor no ha sido detenido, porque es desconocido o porque sus necesidades van más allá del castigo, hacer justicia significa algo más. Significa ser escuchadas, comprendidas, respetadas y reparadas.
Esto no implica clasificar a las víctimas en “buenas” o “malas”, según deseen castigo o no. No se trata de eso. Cada persona es distinta y cada una afronta el daño de una manera diferente. Precisamente por ello, nuestra obligación como sociedad debería ser ofrecer respuestas diversas y personalizadas, capaces de atender las necesidades reales de cada víctima.
JUSTICIA RESTAURATIVA MUCHO MÁS QUE ENCUENTROS
Es aquí donde la Justicia Restaurativa adquiere un valor fundamental. Lejos de la idea reduccionista que la asocia únicamente a encuentros entre víctima y ofensor, la justicia restaurativa es mucho más amplia y profunda. Es una herramienta poderosa para ayudar a las personas que han sufrido un delito a superar el trauma y a desprenderse del rol de víctima.
Porque para iniciar un verdadero proceso de recuperación, una persona necesita dejar de sentirse únicamente víctima. Y eso se logra, en gran medida, cuando se le da la oportunidad de hablar, expresarse, ser escuchada y obtener algún tipo de reparación o compensación por el daño sufrido.
Todo esto debe ser posible independientemente de que el infractor sea juzgado o condenado. Desde el momento en que una persona sufre un daño —material y/o moral— aparecen sentimientos de miedo, ira, ansiedad y aislamiento. Para sanar, esas emociones necesitan transformarse en otras más constructivas: seguridad, respeto, control y justicia.
La justicia restaurativa atiende mejor estas necesidades porque no pone el foco exclusivo en el castigo, sino en algo esencial: que las víctimas sean respetadas, consideradas y tengan voz durante todo el proceso.
CUANDO EL CASTIGO LO ECLIPSA TODO
Nuestra obsesión colectiva por penas más duras, como si fueran la única solución posible, nos hace olvidar a muchas víctimas. Y ese olvido es grave. Muy grave.
¿No será que esta fijación con el castigo nos ha hecho perder de vista la verdadera esencia de la justicia?
¿No será que hemos olvidado que la justicia debería, ante todo, atender a las víctimas y ayudar al infractor a comprender el impacto de sus actos?
Creo sinceramente que eso es lo que nos está ocurriendo. Y quizá esta identificación entre justicia y castigo nace de un sentimiento social de frustración, impotencia y desesperanza. Cuando las personas acuden a los tribunales, lo único que se les ofrece es un sistema centrado en el infractor y en la pena. Nada más.
Tal vez, si ante ellas se desplegara un abanico de respuestas más amplio, humano y personalizado, muchas dejarían de pedir más castigo y comenzarían a reclamar lo que realmente necesitan: más reparación, más respeto y más acompañamiento.
INVERTIR EN PERSONAS NO SOLO EN CASTIGO
Otra pregunta sigue rondándome:
¿por qué los Estados insisten en invertir millones en más cárceles y más represión?
¿No sería más eficaz, más humano y también más barato invertir en servicios de Justicia Restaurativa, en atención a las víctimas y en reinserción de las personas que han delinquido?
La respuesta parece evidente. Sin embargo, este cambio exige compromiso, formación y responsabilidad. No todas las prácticas que se autodenominan restaurativas lo son. La justicia restaurativa requiere profesionales preparados, igual que confiamos nuestra salud solo a médicos cualificados.
El sistema penal y penitenciario necesita evolucionar, adaptarse a los tiempos, como lo han hecho otros ámbitos de nuestra vida. El estancamiento solo genera más víctimas: las que sufren delitos y las personas ofensoras que el sistema aísla sin ofrecerles la oportunidad de comprender, reparar y cambiar.
La sociedad no necesita más exclusión.
Necesita personas reparadas, infractores reconectados y comunidades más seguras.

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