EL DELITO COMO FACTOR DE DESEQUILIBRIO SOCIAL
Cuando se comete un delito y una persona sufre un daño, se produce un desequilibrio que va más allá de lo jurídico. Se rompe un equilibrio moral y relacional que resulta imprescindible restaurar para preservar la convivencia y las relaciones sociales. Es precisamente en este punto donde cobra sentido la Justicia Restaurativa.
Esta es, además, una de las principales diferencias respecto de la mediación. Mientras que en la mediación existe corresponsabilidad y los conflictos suelen ser co construidos por las partes, en la Justicia Restaurativa el punto de partida es un desequilibrio claro: alguien ha causado un daño y otra persona lo ha sufrido. No hay simetría inicial entre las partes.
Restaurar ese equilibrio implica, en primer lugar, no dejar solas a las víctimas con sus pérdidas, sus quejas y su dolor. Supone atender los daños materiales, psicológicos, emocionales y sociales, y trabajar activamente para evitar la victimización secundaria. Esto se logra de manera especialmente eficaz a través de la Justicia Restaurativa, precisamente porque se trata de una justicia más participativa, que otorga el protagonismo que corresponde a quienes han sido realmente afectados por el delito.
Pero restaurar el equilibrio también exige no dejar solos a los ofensores. Implica ayudarles a comprender el impacto real de su conducta y, sobre todo, apoyarles para que, de forma voluntaria y consciente, desistan del delito. Desde esta perspectiva, el delito no se entiende solo como una infracción de la ley, sino como una violación de las relaciones personales, lo que afecta no únicamente a la víctima y al infractor, sino también a la comunidad.
La comunidad es víctima indirecta de todos los delitos. Cuando un delito se comete, dos piezas esenciales —la víctima y el infractor— se separan de la comunidad, que comienza a resentirse al perder elementos fundamentales de su engranaje social. Esta ruptura debilita los lazos comunitarios y aumenta el sentimiento de inseguridad, afectando al funcionamiento normal de la sociedad.
LA COMUNIDAD COMO VÍCTIMA Y COMO AGENTE RESPONSABLE
Por ello, la Justicia Restaurativa reconoce a la comunidad como una afectada indirecta del delito. Este enfoque permite abordar y gestionar el hecho delictivo y sus consecuencias de una manera más global y sanadora, fortaleciendo las relaciones entre los miembros de la comunidad y reparando el tejido social dañado.
La comunidad no solo tiene necesidades derivadas del delito, sino también responsabilidades. Entre ellas, la de procurar a sus miembros un entorno pacífico y seguro en el que puedan convivir con confianza y respeto. No puede limitarse a ser un espectador pasivo del conflicto y sus consecuencias.
A través de la Justicia Restaurativa, y evitando que la respuesta al delito quede exclusivamente en manos del Estado, la comunidad asume un papel activo en el proceso de reparación y sanación de quienes han sido afectados, tanto directa como indirectamente. De este modo, se fomenta una comunidad más consciente, más madura y más corresponsable, capaz de afrontar el daño, restaurar las relaciones y reforzar la convivencia.
CONCLUSIONES
La Justicia Restaurativa nos recuerda que el delito no es un hecho aislado, sino una ruptura del tejido que nos une como sociedad. Cuando una persona sufre, no solo se rompe su vida, sino también la confianza que sostiene a toda una comunidad. Recuperar ese equilibrio no es una tarea únicamente del Estado, sino de todas las personas que compartimos un mismo espacio de convivencia.
Restaurar el daño significa devolver dignidad a quienes han sido vulnerados, pero también significa ofrecer a los ofensores la oportunidad real de mirar de frente el impacto de sus actos. No se trata de justificar, sino de humanizar; no se trata de minimizar el dolor, sino de reconocerlo y, en la medida de lo posible, repararlo.
La comunidad, como víctima indirecta, también necesita sanar. Cuando el delito rompe los lazos sociales, se instala el miedo y se debilita la confianza. La justicia restaurativa ofrece un camino para que la comunidad vuelva a sentirse parte activa de la solución, para que deje de ser solo espectadora y se convierta en agente responsable de la paz social.
Y, en última instancia, la justicia restaurativa nos invita a creer que la reparación es posible. No como una fantasía, sino como una práctica concreta y humana. Porque cuando se reconoce el daño, se asume la responsabilidad y se abre espacio para la reparación, también se abre la posibilidad de que la convivencia vuelva a ser un proyecto compartido, más justo, más cercano y más humano.

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