¿CREEMOS REALMENTE EN LA REINSERCIÓN?
A menudo me pregunto si, como sociedad, creemos realmente en la reinserción. Y la pregunta no es menor, porque si nosotros no creemos en ella, ¿qué motivos tendrían los infractores para intentarlo o las víctimas para confiar en el proceso?
Reinsertar no es simplemente “volver a meter” a alguien en la sociedad. Es reconectar a una persona con el marco social del que se apartó. La reeducación, por su parte, no consiste solo en imponer normas, sino en explicar por qué existen, a quién protegen y qué consecuencias tiene no respetarlas. Es mucho más eficaz que una persona comprenda que sus actos dañan a otros seres humanos —y desarrolle empatía— que que actúe únicamente por miedo al castigo.
La verdadera reeducación busca que quien ha cometido un delito asuma su responsabilidad, no desde la humillación, sino desde el compromiso. Si ha causado un daño, debe repararlo o compensarlo mediante una actividad socialmente constructiva. No como castigo, sino como una forma de devolver algo a la comunidad y de reconstruirse como parte de ella.
Estoy convencida de que todas las personas pueden reinsertarse, o mejor dicho, reconectar con la sociedad. Y en los jóvenes, esta posibilidad es aún mayor. Su conducta delictiva suele estar muy influida por el entorno, las amistades o creencias erróneas. Precisamente por eso, es más fácil que comprendan el impacto de sus actos y que deseen cambiar cuando se les ofrece una oportunidad real. Con tratamientos especializados y la incorporación de la Justicia Restaurativa, el cambio no solo es posible, sino probable.
LAS TECNICAS DE NEUTRALIZACIÓN: CUANDO EL DELITO SE JUSTIFICA
Cada persona es un mundo y no todos los casos son sencillos. Aun así, la reeducación y la reinserción resultan especialmente viables en jóvenes. Tal como explicaron Matza y Sykes, muchos de ellos utilizan lo que llamaron técnicas de neutralización: mecanismos mentales que les permiten justificar sus actos y suspender, aunque sea temporalmente, su compromiso con las normas sociales.
Entre estas técnicas encontramos:
Negación de la responsabilidad: “No fue mi culpa, las circunstancias me obligaron”.
Negación del daño: “En realidad no hice tanto daño” o “la víctima puede asumirlo”.
Condena de quienes condenan: se percibe a jueces, policías o a la sociedad como hipócritas (“ellos hicieron cosas peores”).
Apelación a lealtades superiores: la fidelidad a amigos o al grupo se coloca por encima de la ley (“¿qué iba a hacer si mis amigos estaban allí?”).
Estas justificaciones, muchas veces reforzadas por el sistema de justicia tradicional, permiten delinquir sin sentirse culpable. Pero la reeducación y la reinserción ayudan a desmontarlas: hacen que la persona tome conciencia del daño real causado, que deje de minimizarlo y, en muchos casos, que aparezca el remordimiento. Ese momento puede marcar un antes y un después, el inicio de una vida dentro de las normas.
LA JUSTICIA RESTAURATIVA:CUANDO LAS EXCUSAS SE CAEN
La gran fortaleza de la Justicia Restaurativa es que favorece una responsabilización mucho más profunda y auténtica. Por eso puede afirmarse que es una de las fórmulas más adecuadas para hacer realidad el mandato del artículo 25 de la Constitución, pero además lo hace de una manera más humana y más completa.
La persona que cometió el delito no solo asume su responsabilidad, sino que participa activamente en la reparación del daño, en favor de la víctima directa o indirecta. Y esto tiene un doble efecto: ayuda a la reintegración del infractor y también a la reintegración de la víctima.
Porque no debemos olvidar que el delito suele provocar en las víctimas aislamiento, soledad y una profunda sensación de incomprensión. Muchas se apartan de su entorno y de su vida cotidiana. Facilitar espacios de justicia restaurativa también es una forma de ayudarlas a reconstruirse, de transformar dos vidas marcadas por el daño en dos caminos con esperanza.
Todo esto no es solo teoría. Es real, posible y funciona. Sin embargo, en la práctica, parece que aún dudamos de ello.
LA REINSERCIÓN EXIGE IGUALDAD DE OPORTUNIDADES
Si creemos de verdad en la reinserción, debemos aceptar que no todos parten del mismo punto. Cada persona tiene una historia, unas circunstancias familiares y sociales que pueden haberla empujado al delito. No se trata de justificarlo, sino de comprenderlo para intervenir mejor.
No es lo mismo un joven que sale de un centro de internamiento y cuenta con una familia estructurada, recursos económicos y apoyo, que otro que regresa a un entorno desestructurado, sin recursos y sin nadie que lo sostenga. Este segundo joven se enfrenta a un camino mucho más difícil para cumplir su compromiso de no delinquir.
Las ayudas y prestaciones no son un premio por haber cometido un delito. En estos casos, son una forma de equilibrar oportunidades, de permitir que todos los jóvenes, en condiciones mínimamente justas, puedan decidir si quieren alejarse de la delincuencia.
Estas medidas deberían estudiarse de forma individualizada, teniendo en cuenta la realidad personal, social y familiar de cada menor. Son un complemento imprescindible en el proceso de reinserción.
Y, por último, si creemos que las personas pueden cambiar, debemos empezar por algo fundamental: dejar de etiquetarlas de por vida.
Quien cometió un delito sigue siendo una persona. Cuando sale del centro, es profundamente injusto seguir viéndolo únicamente como “delincuente”. Del mismo modo, quien sufrió un delito es una víctima, sí, pero si confiamos en su capacidad de superación, llegará un momento en el que deje de serlo. También ahí debemos retirar la etiqueta.
Las etiquetas no reintegran. Separan, aíslan y perpetúan el daño.
Creer en la reinserción implica creer en las personas. Y eso exige algo más que leyes: exige humanidad.

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