INTRODUCCIÓN
Vivimos en una sociedad cada vez más polarizada. Parece que constantemente nos obligan a elegir un bando, como si todas las cuestiones importantes de la vida solo admitieran dos respuestas posibles: blanco o negro, conmigo o contra mí. La justicia tampoco ha escapado a esa tendencia.
A veces incluso quienes defendemos la Justicia Restaurativa caemos en ese planteamiento. Sabemos que aporta enormes beneficios y, precisamente por esa convicción, corremos el riesgo de descalificar a quienes todavía no los ven o no los comparten. Sin embargo, cuando hablamos de delito, de sufrimiento, de daño y de personas, las respuestas nunca son tan simples. No creo que sea peor quien no comprende inicialmente el valor de la Justicia Restaurativa. En realidad, la mayoría de nosotros solo imaginamos cómo reaccionaríamos si algún día fuéramos víctimas o infractores. Pero imaginar no es vivir. Hasta que una persona no atraviesa una experiencia tan profundamente transformadora como un delito, resulta imposible saber con certeza qué necesitará para recuperarse.
Y precisamente por eso me pregunto: ¿Por qué seguimos planteando la justicia como una elección obligatoria entre la justicia tradicional y la Justicia Restaurativa?
UNA ÚNICA JUSTICIA ADAPTADA A CADA PERSONA
Nunca he creído que existan dos modelos de justicia enfrentados. Para mí, la justicia retributiva y la Justicia Restaurativa forman parte de un mismo camino. Un camino que cada víctima recorrerá de manera diferente. Habrá momentos en los que necesite la respuesta del sistema penal. Otros en los que buscará respuestas que ninguna sentencia puede ofrecer. Y quizá llegue un momento en el que ambas necesidades convivan. No son opciones incompatibles.Son respuestas distintas para necesidades distintas.
Con demasiada frecuencia se transmite la idea de que las víctimas desean castigos cada vez más severos. Se insiste en que la sociedad reclama penas más duras y que esa es la mejor forma de hacer justicia.
Pero ¿realmente es así? Creo que, en gran medida, esa percepción responde a que durante mucho tiempo esa ha sido prácticamente la única respuesta que el sistema ha sabido ofrecer. Cuando alguien sufre un delito, el mensaje suele ser muy parecido: "No se preocupe. El responsable será castigado."
Y, en un primer momento, esa respuesta puede proporcionar cierta sensación de seguridad. Pensamos que, mientras el infractor cumple la condena, no podrá volver a hacer daño. Sin embargo, esa tranquilidad suele ser pasajera. Porque el castigo, por sí solo, rara vez responde a las preguntas que permanecen abiertas.
LAS VÍCTIMAS NO SIEMPRE RECLAMAN CASTIGO
Hay una frase que muchas víctimas pronuncian en algún momento: "Quiero que sufra lo mismo que yo he sufrido." Escuchada superficialmente podría parecer un deseo de venganza.
Pero mi experiencia me dice otra cosa. En la mayoría de las ocasiones, detrás de esas palabras no existe un verdadero deseo de hacer daño. Lo que la víctima está reclamando es algo mucho más profundo: Quiere que el infractor comprenda. Quiere que sea capaz de ponerse en su lugar. Quiere que entienda el impacto que su conducta ha tenido en su vida. Está reclamando empatía y responsabilidad. Y eso es muy diferente del castigo. Las víctimas necesitan saber que quien les causó el daño comprende realmente las consecuencias de sus actos.Esa necesidad es una constante en muchos procesos restaurativos y, sin embargo, pocas veces encuentra respuesta dentro del procedimiento penal tradicional.
LOS SENTIMIENTOS FORMAN PARTE DE LA JUSTICIA RESTAURATIVA
Durante décadas el sistema penal ha tratado el delito como un problema estrictamente jurídico. Pero el delito nunca es solo un problema jurídico. También es una experiencia profundamente emocional.Por eso resulta perfectamente comprensible que una víctima experimente inicialmente ira, rabia o incluso deseos de venganza. No debemos juzgar esos sentimientos. Forman parte del proceso.Con el paso del tiempo, muchas personas descubren que aquellas emociones van transformándose. Las preguntas sustituyen a la rabia. La necesidad de comprender reemplaza al deseo de castigo.
Y es precisamente en ese momento cuando la Justicia Restaurativa puede ofrecer respuestas que el proceso penal difícilmente puede proporcionar.No porque sea mejor. Sino porque responde a necesidades diferentes.
MI ASPIRACIÓN UNA JUSTICIA VERDADERAMENTE RESTAURATIVA
Mi deseo es que algún día dejemos de hablar de justicia retributiva y Justicia Restaurativa como si fueran modelos enfrentados.Aspiro a que el propio proceso penal incorpore una mirada restaurativa desde el inicio.
Que escuchar a las víctimas, atender sus necesidades, favorecer la responsabilización del infractor y ofrecer espacios de diálogo cuando sea posible deje de ser una excepción para convertirse en la forma habitual de entender la justicia.Eso sí, respetando siempre el derecho de cualquier víctima a no participar en un proceso restaurativo.La voluntariedad seguirá siendo un principio irrenunciable.Pero también debería existir la posibilidad de acceder a la Justicia Restaurativa cuando la víctima esté preparada, aunque inicialmente hubiera rechazado participar. Las necesidades cambian.Las personas evolucionan.Y la justicia también debería ser capaz de hacerlo.
CONCLUSIONES
No hay dos justicias, hay personas con necesidades diferentes Quizá el verdadero error consista en pensar que debemos elegir entre castigar o restaurar. La realidad es mucho más compleja.Las víctimas no son iguales entre sí. Los infractores tampoco. Cada historia, cada dolor y cada proceso de recuperación son únicos.Por eso la justicia tampoco debería ofrecer respuestas únicas. No deberíamos obligar a una víctima a escoger definitivamente entre un modelo u otro cuando todavía está intentando comprender lo que le ha ocurrido. Las necesidades cambian con el tiempo. Y una justicia verdaderamente humana debería ser capaz de acompañar esos cambios. No creo en una justicia dividida entre retributiva y restaurativa. Creo en una única justicia que sea suficientemente inteligente y suficientemente humana para ofrecer a cada persona aquello que necesita en cada momento de su proceso.
Quizá el futuro no consista en elegir entre una u otra.Quizá el verdadero avance llegue el día en que dejemos de hablar de dos justicias y empecemos, simplemente, a hablar de una justicia centrada en las personas. Porque el objetivo nunca debería ser obligar a las víctimas a adaptarse al sistema.El verdadero reto consiste en construir un sistema capaz de adaptarse a las víctimas.

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