INTRODUCCIÓN
Cuando leo algunos documentos teóricamente oficiales sobre cómo se hace justicia restaurativa en España, me quedo sorprendida. En muchos casos, lo único que se propone es dar charlas sobre determinados aspectos: qué es la justicia, qué es la resiliencia, quién es la víctima, qué entendemos por justicia restaurativa…
Pero esto no es trabajar con personas ofensoras de forma restaurativa.
Esta información puede ser interesante y, sin duda, útil como sesión inicial, para explicar en qué consistirá un programa o incluso para seleccionar participantes. La pregunta clave sería entonces: ¿qué hacemos realmente en justicia restaurativa ?
Esta es una pregunta que suelen hacerse quienes no tienen más contacto con la justicia restaurativa que la intuición —o la premonición— de que ya son expertos.
Como el objetivo de este blog es ofrecer información real sobre lo que son y lo que implican las distintas intervenciones restaurativas, hoy quiero centrarme en la narración y en la importancia de que, durante las sesiones —ya sea en reuniones víctima-ofensor, conferencias o círculos— demos un espacio auténtico para que las personas puedan contar su historia.
Una de las ventajas de los programas individuales es que permiten dedicar más tiempo a esta narración (salvo que algún responsable político decida que no hace falta más de un año cuando, supuestamente, puede hacerse en menos). Y ese tiempo es necesario.
Obviamente, dependerá del delito cometido: no es lo mismo trabajar con personas condenadas a medidas alternativas que con personas privadas de libertad; tampoco es igual acompañar a quienes han cometido delitos muy graves que a quienes han cometido otros de menor entidad.
En los delitos muy graves debemos ser especialmente conscientes de que no podemos impacientarnos y, por supuesto, no podemos forzar testimonios, sobre todo cuando sabemos que no benefician a las propias personas.
HACIA UNA NARRACIÓN SEGURA QUE AYUDE A LAS PERSONAS
Dicho esto, la pregunta sería:
¿cómo ofrecer un espacio para que las personas cuenten su historia de una manera que favorezca la reconexión?
No existe una varita mágica, pero desde la experiencia —y también gracias a los cursos que he realizado sobre estrategias para la gestión del trauma y la resiliencia— he podido identificar algunos aspectos clave. Utilizo lo aprendido desde un enfoque restaurativo, porque de lo contrario estaríamos hablando de terapia, y no es lo mismo.
Algunos elementos a tener en cuenta son:
Nunca se debe presionar a las personas para que cuenten su historia.
Esto aplica tanto a víctimas que sienten que no están preparadas para hablar como a personas ofensoras. Necesitan tiempo. Por eso, pretender resolverlo todo en diez charlas —como se plantea en algunos programas en España— puede ser eficaz en ciertos casos, no lo niego, pero no en todos.
Es importante reservar y respetar el silencio.
Escuchar con el corazón y practicar una escucha verdaderamente compasiva.
Si fuera necesario, dejar un tiempo o ayudar a las personas a manejar la ansiedad y el estrés del momento mediante alguna técnica de relajación.
Esto no es una norma general ni obligatoria, como a veces se interpreta. Solo se utilizaría si fuera estrictamente necesario, siempre desde un enfoque restaurativo y no terapéutico.
No debemos asesorar, ordenar su relato ni intentar que “encaje” o tenga sentido.
Las personas son las dueñas de sus historias; no lo son los facilitadores.
Estas recomendaciones son especialmente útiles durante las sesiones de círculos, tanto cuando trabajamos en programas individuales como cuando utilizamos los círculos como práctica restaurativa en un caso concreto.
CONCLUSIONES
Hablar de justicia restaurativa no es hacer justicia restaurativa. Informar, explicar conceptos o impartir charlas puede ser un primer paso, pero no sustituye el trabajo restaurativo ni el proceso humano que este exige. La restauración no ocurre cuando las personas entienden qué es la justicia, sino cuando pueden reconectarse consigo mismas, con el daño causado o sufrido y, cuando es posible, con los demás.
La narración no es un añadido opcional del proceso restaurativo: es uno de sus núcleos. Dar espacio a que las personas cuenten su historia —a su ritmo, con sus silencios, sin correcciones ni interpretaciones externas— es una forma de devolverles dignidad y humanidad. Y esto requiere tiempo, presencia y una escucha profundamente ética.
Pretender acortar procesos por razones administrativas, políticas o de eficiencia es desconocer cómo funciona el daño, el trauma y la responsabilidad. Especialmente en delitos graves, la prisa no solo no ayuda, sino que puede volver a dañar. Forzar relatos, exigir testimonios o empujar a las personas a hablar cuando no están preparadas no es restaurativo, aunque se presente como tal.
Facilitar espacios seguros de narración implica renunciar al protagonismo profesional, aceptar la incomodidad del silencio y confiar en que las personas son las únicas propietarias de sus historias. La función del facilitador no es ordenar el relato ni darle sentido, sino sostener el espacio para que ese sentido, si llega, sea propio.
Si la justicia restaurativa quiere ser algo más que un discurso bienintencionado, debe asumir que no se puede restaurar sin escuchar, ni escuchar sin tiempo, ni acompañar sin respeto profundo por los procesos de cada persona. Todo lo demás puede ser interesante, incluso útil, pero no es restauración.

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