LA IMPORTANCIA DE LA VERGÜENZA
La vergüenza se ha convertido en un tema controvertido dentro de la justicia restaurativa. Sin embargo, comprender la vergüenza y su dinámica es fundamental, ya que desempeña un papel clave en la forma en que las personas interactuamos, en cómo respondemos al daño y en cómo experimentamos la justicia.
La vergüenza existe en todas las sociedades, pero su expresión, los desencadenantes y la manera en que se amplifica o se atenúa varían culturalmente. En las sociedades occidentales, sin embargo, la vergüenza suele ser ignorada. Como resultado, contamos con un lenguaje muy limitado para hablar de ella. La vergüenza queda relegada a la clandestinidad: sigue operando, pero a menudo lo hace de forma distorsionada y negativa.
La vergüenza puede tener un efecto positivo cuando nos motiva a actuar de manera diferente, a corregir un comportamiento y a alejarnos del daño causado. Pero, en esencia, la vergüenza supone una amenaza para la autoestima y puede resultar profundamente debilitante. No es casualidad que juegue un papel central en la mayoría de las personas infractoras, tanto en su conducta como en la manera en que viven el sistema de justicia. Del mismo modo, la vergüenza aparece con frecuencia en el trauma de las víctimas y en las experiencias negativas que muchas de ellas tienen con la justicia.
LA BRÚJULA DE LA VERGÜENZA
Donald Nathanson describió lo que denominó la brújula de la vergüenza. Según este modelo, cuando una persona se enfrenta a la vergüenza puede responder de cuatro maneras:
Modificar su comportamiento para evitarla.
Retirarse o aislarse.
Transformar la vergüenza en ira hacia los demás, culpándolos.
Dirigir la ira contra sí misma.
La evitación puede ser positiva si conduce a hacer lo correcto, pero también puede derivar en respuestas negativas, como la transferencia de la vergüenza, la búsqueda de chivos expiatorios o la culpabilización de terceros.
Una respuesta especialmente relevante es la formación de lo que algunos criminólogos han denominado subculturas delincuenciales. Ante la vergüenza, algunas personas se agrupan con otras igualmente avergonzadas y revierten los valores sociales: aquello que la sociedad considera negativo pasa a ser valorado como positivo dentro del grupo. Esta dinámica está en la base del conocido “código de la calle”, frecuente en contextos de bandas, que —como explica el sociólogo Elijah Anderson— funciona como una forma de negociar el respeto en un mundo de valores invertidos. En este marco, por ejemplo, se puede ganar estatus mediante la violencia o el paso por prisión. Esta lógica también ayuda a entender ciertas formas de violencia extrema dirigidas contra los valores sociales dominantes.
LA VERGÜENZA REINTEGRATIVA DE BRAITHWAITE
John Braithwaite incorporó de manera decisiva la vergüenza al pensamiento restaurativo en su obra Crimen, vergüenza y reintegración. En ella distingue entre dos tipos de vergüenza: vergüenza estigmatizante y vergüenza reintegrativa.
La vergüenza estigmatizante es característica del sistema penal tradicional: ceremonias de degradación, etiquetado y estigmatización por parte de la policía, los tribunales y, con frecuencia, también de las escuelas. No se separa a la persona del acto, y las etiquetas —“delincuente”, “problemático”, “conflictivo”— resultan casi imposibles de eliminar, ya que no existen rituales ni procesos que pongan fin a la vergüenza. Como han señalado autores como James Gilligan, si la vergüenza es un potente motor de la violencia, no sorprende que este sistema resulte tan a menudo contraproducente.
Braithwaite sostiene que la vergüenza puede tener un efecto positivo si se dan determinadas condiciones:
que se denuncie la injusticia sin definir a la persona como “mala”;
que la vergüenza surja en el contexto de relaciones significativas;
y que existan rituales claros para cerrar la experiencia de vergüenza.
Este planteamiento ayuda a comprender por qué el castigo, tal y como se aplica habitualmente, no solo fracasa, sino que con frecuencia agrava el problema.
Howard Zehr, junto con investigadores como Harris, Maruna y Maxwell, profundiza en esta idea. La vergüenza está presente tanto en las vidas de las personas infractoras como en las de las víctimas —y, en realidad, en la vida de todas las personas—. Los procesos restaurativos pueden generar vergüenza, por ejemplo, cuando alguien toma conciencia real del daño causado. Sin embargo, la vergüenza es una emoción peligrosa y fácilmente manipulable.
Por ello, el énfasis no debe ponerse en provocar vergüenza, sino en ser conscientes de su dinámica y en encontrar formas saludables de gestionarla: reduciéndola cuando resulta paralizante o permitiendo que se transforme, a través del reconocimiento, la disculpa y la reparación, en un sentido de dignidad, orgullo o logro. Cuando los procesos restaurativos se realizan adecuadamente, ofrecen precisamente un marco seguro para manejar la vergüenza sin convertirla en estigma. Y aunque la vergüenza es un factor relevante, estos autores subrayan que dinámicas como el reconocimiento, la empatía y la responsabilidad asumida suelen ser aún más decisivas.
CONCLUSIONES
La vergüenza no es un elemento secundario en la justicia restaurativa, pero tampoco puede ser utilizada de forma ingenua o instrumental. Ignorarla no la hace desaparecer; al contrario, la empuja a operar de manera silenciosa y destructiva, como ocurre con frecuencia en el sistema penal tradicional.
La justicia restaurativa no consiste en avergonzar mejor, sino en crear condiciones para que la vergüenza no se convierta en estigma ni en motor de más daño. Esto exige separar claramente a la persona de sus actos, sostener relaciones significativas, ofrecer rituales de cierre y permitir que la responsabilidad emerja sin humillación.
Cuando la vergüenza se gestiona de forma restaurativa, puede abrir la puerta al reconocimiento del daño, a la empatía y a la reparación. Cuando se gestiona mal, alimenta la violencia, la exclusión y la repetición del daño. La diferencia no está en la emoción en sí, sino en el marco ético, relacional y humano en el que se la contiene.
Comprender la vergüenza es, en definitiva, una responsabilidad central para quienes facilitamos procesos restaurativos. No para controlarla ni provocarla, sino para no seguir reproduciendo, bajo un lenguaje distinto, las mismas lógicas de castigo y degradación que decimos querer superar.

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