Cuando una persona ha sido dañada, con frecuencia pierde algo más que seguridad o confianza: pierde la sensación de control sobre su propio relato. Otros hablan por ella, deciden por ella, interpretan su experiencia. Recuperar la autoría significa volver a decir “esta es mi historia”, con sus silencios, sus tiempos y sus matices.
Desde una mirada restaurativa, esta idea es central. Tanto víctimas como personas ofensoras pueden quedar atrapadas en identidades impuestas: víctima eterna, infractor permanente. Pasar de “personaje de una herida” a “protagonista de una historia en construcción” implica romper con esas etiquetas y abrir espacio a la complejidad, al cambio y a la responsabilidad asumida.
La autoría no significa negar el pasado, sino integrarlo sin que lo defina todo. Significa que el daño no desaparece, pero deja de ser el único eje desde el que se vive. En ese tránsito aparecen la palabra, el reconocimiento, la posibilidad de reparar y también la dignidad de elegir cómo seguir.
Esta imagen nos recuerda que los procesos que realmente sanan —en justicia restaurativa y en la vida— no son los que imponen finales, sino los que devuelven a las personas la capacidad de escribir su propio siguiente capítulo. Porque sanar, al final, es volver a habitar la propia historia con voz y con futuro.

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