INTRODUCCIÓN
Vivimos en un mundo en el que convivimos habitualmente con delitos muy graves que generan una enorme alarma social. Ante estos hechos, resulta comprensible que aparezca el deseo de castigar y de proteger a la sociedad mediante penas cada vez más severas.Sin embargo, siempre he pensado que el ser humano no es malo por naturaleza. Los delitos más extremos, aunque ocupen gran parte de nuestra atención, no representan la totalidad de la delincuencia. Por eso, además de preguntarnos qué castigo merece quien ha cometido un delito, deberíamos preguntarnos por qué suceden determinadas conductas y qué podemos hacer para evitar que vuelvan a producirse.
Aquí la neurociencia puede ofrecernos algunas respuestas interesantes.Daniel Reisel ha explicado, a partir de diferentes investigaciones, la relación existente entre determinadas áreas cerebrales, el comportamiento antisocial y la capacidad de empatía. La amígdala, junto con otras estructuras y redes cerebrales, desempeña un papel importante en el procesamiento emocional, el miedo, el aprendizaje y la respuesta ante las emociones de los demás.Esto nos obliga a plantearnos una cuestión incómoda pero necesaria: ¿podemos trabajar sobre las capacidades que permiten a una persona comprender el daño que causa a los demás?Sabemos que el cerebro mantiene cierta capacidad de cambio durante toda la vida. La neuroplasticidad significa, precisamente, que nuestras experiencias pueden modificar determinados circuitos y conexiones neuronales.Si esto es así, ¿por qué no explorar también qué puede aportar la Justicia Restaurativa?
No se trata de justificar el delito ni de negar la responsabilidad del infractor. Tampoco de pensar que todos los delincuentes pueden desarrollar empatía o que un proceso restaurativo puede transformar a cualquier persona.Se trata de preguntarnos si, en determinados casos, ofrecer al infractor la posibilidad de confrontarse con las consecuencias humanas de su conducta puede favorecer procesos de responsabilización y de cambio.
Y si conseguimos que una persona deje de delinquir no solamente porque teme ser descubierta y castigada, sino porque ha comprendido que su conducta destruye la vida de otra persona y no quiere volver a hacerlo, habremos conseguido algo mucho más importante que una simple obediencia a la norma.
LA NEUROCIENCIA DE LA JUSTICIA RESTAURATIVA
Siguiendo la idea de Thomas Kuhn sobre los cambios de paradigma, quizá también necesitamos cambiar nuestra manera de entender la respuesta al delito.El objetivo no debería ser únicamente conseguir que el infractor tenga miedo de volver a delinquir.
Deberíamos aspirar a algo más profundo: que comprenda por qué no debe hacerlo.No todos los infractores podrán o querrán desarrollar esta capacidad de empatía. Pero eso no significa que no debamos ofrecer oportunidades para que algunos puedan hacerlo.Para determinadas personas, enfrentarse de manera segura y estructurada a las consecuencias de sus actos puede suponer algo que hasta entonces habían evitado: ver a la víctima como una persona real y no como una parte más de un expediente judicial.Y aquí encontramos una diferencia importante con la respuesta penal tradicional.El proceso penal debe garantizar, lógicamente, los derechos de defensa del acusado. Pero su propia estructura puede generar una progresiva distancia entre el infractor y las consecuencias humanas de su conducta.
La atención se centra en determinar los hechos, probar la responsabilidad y aplicar la respuesta jurídica correspondiente. La víctima puede terminar convertida en una pieza más del procedimiento y el infractor puede acabar percibiéndose a sí mismo principalmente como la persona que está siendo juzgada por el Estado.En determinados casos, esta dinámica puede contribuir a que el infractor pierda de vista algo esencial: que detrás de los hechos que se juzgan existe una persona que ha sufrido un daño real.El delito deja entonces de ser percibido como una conducta que ha causado sufrimiento a otro ser humano y pasa a convertirse en un conflicto entre el individuo y el sistema.
El infractor se siente perseguido por la justicia, la víctima se siente olvidada por ella y el Estado aparece como el principal interlocutor.Y la persona que sufrió el daño puede terminar diluyéndose en medio de un procedimiento burocrático y frío.La Justicia Restaurativa intenta romper esta dinámica.No elimina las garantías jurídicas ni pretende sustituir automáticamente al proceso penal. Lo que hace es introducir una pregunta que con demasiada frecuencia queda en segundo plano:¿Qué ha hecho realmente el delito a las personas?
Cuando las condiciones son adecuadas y las personas quieren participar, el encuentro restaurativo puede permitir al infractor escuchar directamente las consecuencias de su conducta, comprender el sufrimiento causado y asumir una responsabilidad que va mucho más allá de aceptar una sentencia.Y quizá ahí se encuentre una de las grandes posibilidades de la Justicia Restaurativa: ayudar a que el infractor deje de ver únicamente el delito desde su propia perspectiva y pueda empezar a comprenderlo desde la perspectiva de quien lo sufrió.
¿PARA QUÉ QUEREMOS DESARROLLAR LA EMPATÍA?
La pregunta final es sencilla.
¿Para qué queremos que un infractor desarrolle valores como la empatía?
Para que no vuelva a delinquir.
Pero también para algo más.
Porque una sociedad segura no debería conformarse con conseguir que las personas obedezcan las normas por miedo al castigo. Deberíamos aspirar a que comprendan el valor de no causar daño a los demás.El miedo puede evitar una conducta mientras existe la posibilidad de ser descubierto.La empatía puede conseguir que una persona decida no realizarla incluso cuando nadie la está vigilando.Y esa diferencia puede ser decisiva.
CONCLUSIONES
La neurociencia no ofrece soluciones mágicas al delito. Tampoco permite afirmar que todos los comportamientos delictivos tengan una explicación cerebral ni que todos los infractores puedan cambiar mediante procesos restaurativos.Pero sí nos invita a hacernos preguntas diferentes.Si el cerebro puede cambiar, si las experiencias pueden modificar nuestras respuestas emocionales y si determinadas capacidades relacionadas con la empatía pueden trabajarse, ¿por qué no utilizar también la justicia como una oportunidad para favorecer ese cambio?La Justicia Restaurativa no pretende sustituir el castigo por la ingenuidad.
Pretende añadir algo que el castigo, por sí solo, no siempre consigue: responsabilidad, comprensión del daño y posibilidad de transformación.Porque quizá la verdadera seguridad no consista únicamente en conseguir que alguien tenga miedo de volver a delinquir.Quizá consista en conseguir que no quiera volver a hacerlo porque ha comprendido el daño que puede causar a otro ser humano.
Y si somos capaces de lograrlo, aunque sea en algunos casos, estaremos dando un paso hacia una justicia que no solo responde al delito, sino que también intenta prevenir que vuelva a ocurrir.

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