miércoles, 9 de septiembre de 2026

Las necesidades de las víctimas: escuchar antes de decidir por ellas

 

INTRODUCCIÓN

Solemos creer, especialmente quienes trabajamos en el ámbito del Derecho, que sabemos perfectamente qué necesitan las víctimas o qué es lo mejor para ellas, especialmente cuando han sufrido un delito grave.Por eso, cuando hablamos de Justicia Restaurativa, no es extraño encontrar reticencias, incluso entre profesionales que nunca han sido víctimas de un delito. En ocasiones pensamos que las víctimas necesitan, ante todo, castigo y que una respuesta diferente puede resultar inadecuada o incluso perjudicial para ellas.Sin embargo, las víctimas pueden ser mucho menos punitivas de lo que imaginamos.

Conozco casos de personas que han decidido participar en procesos restaurativos y que no siempre han sido comprendidas por sus propios allegados. Y es que, aunque a veces las percibamos como especialmente vulnerables e incapaces de tomar determinadas decisiones, debemos recordar algo fundamental: son ellas quienes mejor pueden saber qué necesitan de la justicia para comenzar a reconstruir su vida después del delito.Por eso, quizá deberíamos dejar de decidir constantemente por las víctimas y empezar a preguntarles qué necesitan.

Porque castigar al autor del delito no siempre es suficiente.Las víctimas necesitan acompañamiento, apoyo y solidaridad, especialmente en los momentos de mayor vulnerabilidad. Necesitan sentir que no están solas y que la sociedad y el sistema de justicia no son indiferentes a lo que les ha ocurrido.Y, sobre todo, necesitan ser tratadas con respeto.

Una de las expectativas más importantes de las víctimas respecto de los profesionales de la justicia es precisamente esa: ser escuchadas, respetadas y recibir información clara y fiable sobre lo ocurrido, sobre el infractor y sobre las distintas opciones existentes para responder a su caso.

ALGUNAS NECESIDADES DE LAS VÍCTIMAS

Después del respeto y de la información, aparece otra necesidad fundamental: tener la oportunidad de ser escuchadas y participar de manera activa en el proceso.Las víctimas no quieren ser simplemente destinatarias de una decisión adoptada por otros. En muchas ocasiones necesitan recuperar algo que el delito les arrebató: su sensación de control y de capacidad para decidir sobre su propia vida.La restitución y la reparación son importantes, pero su significado puede ir mucho más allá de una compensación económica.

Para muchas víctimas, resulta especialmente relevante que el infractor reconozca el daño que ha causado y asuma su responsabilidad.Ese reconocimiento puede constituir, en sí mismo, una forma de respeto.Cuando quien ha causado el daño es capaz de reconocer lo ocurrido, escuchar a la persona afectada y mostrar disposición para reparar las consecuencias de sus actos, puede producirse una reparación emocional y simbólica que, en determinados casos, adquiere un valor incluso mayor que la reparación material.

No significa que todas las víctimas necesiten lo mismo ni que exista una única respuesta válida para todas ellas. Precisamente la Justicia Restaurativa parte de esa diversidad: cada persona vive el delito de una manera diferente y, por tanto, sus necesidades también pueden ser diferentes.

DEL DESORDEN A LA RECONSTRUCCIÓN

El delito puede generar en las víctimas una profunda sensación de desorden.Aquello que hasta ese momento parecía estable deja de serlo. Pueden perder seguridad, confianza, autonomía o incluso su capacidad para comprender lo sucedido.Los procesos restaurativos pueden contribuir a ese proceso de reconstrucción: del desorden al orden; de la sensación de falta de poder y control al empoderamiento; y de la desconexión con los demás a la reconexión con la comunidad.

Y aquí encontramos una diferencia esencial entre reparar materialmente un daño y reparar sus consecuencias humanas.Cuando hablamos de daño, no deberíamos pensar únicamente en aquello que puede calcularse económicamente. El daño también puede ser emocional, psicológico, moral y relacional.Por eso, la obligación de reparar no debería entenderse exclusivamente como una obligación de pagar.

Para muchas víctimas, reparar comienza cuando el infractor se responsabiliza de lo que ha hecho, reconoce las consecuencias de su conducta y está dispuesto a hacer lo posible para mitigarlas.

CONCLUSIONES

Quizá una de las primeras cosas que deberíamos aprender cuando trabajamos con víctimas es que no debemos confundir protegerlas con decidir por ellas.Los profesionales podemos acompañar, informar, ofrecer alternativas y garantizar que sus derechos sean respetados. Pero no deberíamos asumir que sabemos mejor que ellas qué necesitan para afrontar las consecuencias del delito.La Justicia Restaurativa nos recuerda algo tan sencillo como importante: antes de decidir qué necesita una víctima, debemos preguntárselo.

Algunas necesitarán distancia. Otras querrán respuestas. Algunas necesitarán una reparación material. Otras necesitarán que el infractor reconozca el daño. Algunas querrán encontrarse con él y otras no.No existe una víctima igual a otra. Por eso, una justicia verdaderamente centrada en las víctimas no debería limitarse a decidir qué castigo corresponde al infractor. Debería crear las condiciones para que la persona que ha sufrido el daño pueda recuperar, poco a poco, aquello que el delito le arrebató.Y, en muchas ocasiones, ese camino comienza con algo aparentemente sencillo, pero profundamente transformador: escucharla y preguntarle qué necesita.

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