domingo, 15 de febrero de 2026

Del relato a la transformación: los pilares de un proceso restaurativo


 (imagen propiedad de Virginia Domingo)

La imagen sintetiza de forma clara cuatro dimensiones esenciales de todo proceso restaurativo: historia, sentimientos, necesidades y transformación. No son pasos rígidos ni compartimentos estancos, sino elementos interconectados que se influyen mutuamente y que requieren tiempo, cuidado y presencia.

La historia es el punto de partida. Toda persona llega a un proceso restaurativo con un relato, muchas veces fragmentado, cargado de silencios, contradicciones o lagunas. Contar la historia no es solo describir hechos, sino empezar a recuperar la autoría de lo vivido. Sin historia, no hay contexto; y sin contexto, no hay comprensión del daño.

Los sentimientos atraviesan ese relato. El daño no es solo un hecho objetivo, sino una experiencia emocional profunda. Nombrar emociones —miedo, rabia, vergüenza, culpa, tristeza— permite humanizar el proceso y romper con la frialdad de respuestas puramente jurídicas. Escuchar los sentimientos no significa justificarlos ni resolverlos, sino reconocerlos como parte legítima de la experiencia del daño.

De la historia y los sentimientos emergen las necesidades. Estas suelen ir mucho más allá del castigo: necesidad de seguridad, de respuestas, de reconocimiento, de reparación, de dignidad. Identificar las necesidades desplaza el foco desde “qué castigo corresponde” hacia “qué hace falta para que el daño no siga operando”. Aquí la justicia empieza a tomar una forma distinta.

La transformación no es un resultado garantizado ni inmediato. No siempre implica reconciliación, ni acuerdos perfectos, ni cierres definitivos. A veces la transformación es pequeña pero profunda: una comprensión nueva, una responsabilidad asumida, una herida que deja de definir toda la identidad. Es el movimiento que se produce cuando las personas dejan de estar atrapadas en el daño y recuperan margen para decidir cómo seguir.

La justicia restaurativa no se reduce a técnicas ni a procedimientos, sino que es un proceso relacional y humano, donde escuchar, reconocer y responsabilizarse son condiciones necesarias para que la transformación sea posible. Cuando uno de estos elementos falta o se fuerza, el proceso pierde su sentido restaurativo y corre el riesgo de convertirse en una mera formalidad.


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