INTRODUCCIÓN
Me preocupa comprobar cómo, después de cometerse un delito, existe todo un proceso judicial que termina con una sentencia y, si esta es condenatoria, el ofensor puede ingresar en prisión y cumplir la pena que la ley establece en función del delito cometido. Hasta ahí, estamos ante el funcionamiento normal de nuestro sistema de justicia.
El problema aparece cuando la pena termina y, sin embargo, el castigo social continúa.Por muchos años que una persona haya permanecido en prisión, para una parte de la sociedad nunca serán suficientes. Cuando recupera la libertad puede encontrarse con un entorno hostil que dificulta enormemente su regreso a la comunidad. Desde una perspectiva restaurativa, esto debería hacernos reflexionar: la pena no puede ser eterna, pero tampoco deberían ser eternas las etiquetas de víctima y ofensor.Esto no significa olvidar el delito ni minimizar el daño. Significa reconocer que las personas no pueden quedar definidas para siempre por un único acontecimiento de su vida.
Pero también debemos preguntarnos por qué muchas víctimas consideran insuficiente la respuesta penal incluso cuando el ofensor ha sido condenado.En los delitos especialmente graves, y particularmente cuando existe una muerte, es comprensible que ninguna pena pueda parecer suficiente para compensar una pérdida que es irreparable. Pero existe otra cuestión que deberíamos analizar: la justicia tradicional puede castigar al responsable sin atender suficientemente a las necesidades de quien sufrió el daño.
Una sentencia puede declarar la culpabilidad, imponer una pena y cerrar jurídicamente un proceso. Pero no necesariamente responde a las preguntas de la víctima, no siempre le permite expresar cómo cambió su vida, ni garantiza que pueda recuperar la sensación de seguridad o afrontar las consecuencias emocionales del delito.Y aquí es donde la justicia restaurativa tiene mucho que aportar.
No para sustituir la justicia penal ni para reducir la gravedad de lo ocurrido, sino para ocuparse de aquello que la sentencia, por su propia naturaleza, no puede resolver.
EL PELIGRO DE CONVERTIRSE EN VÍCTIMA PARA SIEMPRE
Existe un riesgo que debemos abordar con especial sensibilidad: que el delito termine ocupando un espacio permanente en la identidad de quien lo sufrió.No se trata de responsabilizar a las víctimas por ello. El trauma, el dolor y las consecuencias del delito pueden acompañarlas durante muchos años y cada persona necesita su propio tiempo y sus propios recursos para afrontarlos.
Pero sí debemos preguntarnos si nuestro sistema está ofreciendo suficientes oportunidades para que una persona pueda avanzar sin que ello signifique olvidar lo ocurrido.Las asociaciones de víctimas desempeñan un papel esencial. Ofrecen apoyo, acompañamiento, reconocimiento y un espacio en el que muchas personas encuentran comprensión. Sin embargo, el objetivo último debería ser que ese apoyo contribuya a la recuperación y no que la identidad de víctima se convierta en el único horizonte posible de la persona.La víctima no tiene que olvidar lo ocurrido. Tampoco tiene que perdonar. Pero debería poder recuperar, en la medida de lo posible, espacios de su vida que el delito ocupó.
UNA JUSTICIA RESTAURATIVA MÁS AMPLIA
Por eso, una justicia restaurativa verdaderamente eficaz debe entenderse en un sentido amplio.Debe implicar una atención individualizada a la víctima: ser escuchada, recibir información, poder expresar sus necesidades y tener voz durante el proceso.
También debe implicar trabajar con el ofensor: ayudarle a comprender el daño causado, favorecer una responsabilización auténtica y, cuando sea posible, facilitar que la reparación se convierta en una forma socialmente constructiva de afrontar las consecuencias de sus actos.
Y, además, debe ofrecer la posibilidad de recurrir a prácticas restaurativas cuando sean adecuadas y la víctima las necesite.Esto puede incluir encuentros directos, pero también procesos indirectos. La justicia restaurativa no puede reducirse al encuentro entre víctima y ofensor. Hay situaciones en las que ese encuentro no será posible, seguro o deseado, y eso no significa que no pueda existir un proceso restaurativo.Tampoco podemos convertir la justicia restaurativa en aquello que resulta más atractivo políticamente porque «vende» mejor. Su esencia no está en una fotografía de una víctima frente a un ofensor, sino en atender el daño, las necesidades, la responsabilidad y las relaciones afectadas por el delito.
RECUPERAR LOS LAZOS
Quizá este sea uno de los grandes retos de la justicia restaurativa: comprender que víctima, ofensor y comunidad siguen formando parte de una misma sociedad después del delito.El delito rompe relaciones, genera miedo, desconfianza y dolor. La prisión puede ser necesaria como respuesta a determinados delitos, pero no puede constituir por sí sola una estrategia de reconstrucción social.Si queremos una sociedad más segura, necesitamos que quienes han causado daño puedan, cuando estén preparados y sea posible, asumir responsabilidades y reconstruir su relación con la comunidad. Y necesitamos que las víctimas puedan recuperar progresivamente su vida sin quedar atrapadas para siempre en aquello que les ocurrió.
El objetivo no es eliminar el pasado, sino evitar que el pasado determine para siempre el futuro.Los lazos que unen a las personas y a las comunidades son, muchas veces, más fuertes de lo que creemos. El delito puede romperlos, pero una respuesta restaurativa puede ayudar a reconstruirlos sobre bases diferentes: responsabilidad, respeto, reconocimiento, reparación y confianza.
CONCLUSIONES
La justicia tradicional es necesaria, pero una sentencia no puede resolver todas las consecuencias de un delito. La pena puede responder a la infracción cometida, pero no siempre responde a las necesidades de las personas que han sufrido el daño ni facilita por sí misma la reintegración de quien ha cumplido su condena.
Por eso necesitamos una mirada restaurativa más amplia, que acompañe a la víctima, favorezca la responsabilización del ofensor y permita, cuando sea posible, reconstruir los vínculos dañados.La víctima no debería estar condenada a ser víctima para siempre, del mismo modo que quien ha cumplido su pena no debería estar condenado a ser ofensor para siempre.
Restaurar no significa olvidar ni borrar responsabilidades. Significa conseguir que el delito deje de ser el único elemento que define la relación entre las personas y que, poco a poco, puedan volver a construirse vínculos desde valores diferentes.
Porque la justicia no termina necesariamente cuando termina la sentencia. A veces, es precisamente entonces cuando debería comenzar otra parte del camino: la de la reconstrucción.

No hay comentarios:
Publicar un comentario