jueves, 19 de marzo de 2026

La víctima ideal: mitos, prejuicios y necesidades reales


LA IMAGEN PRECONCEBIDA DE LA VÍCTIMA

Como seres humanos, nos resulta casi inevitable emitir juicios de valor, etiquetar o construir ideas preconcebidas sobre las personas y las situaciones. Lo hacemos constantemente, también cuando pensamos en quienes han sufrido un delito: las víctimas.

Con frecuencia imaginamos a la víctima como una persona vulnerable, frágil, necesitada de protección y, en cierto modo, incapaz de decidir por sí misma qué es lo mejor para su proceso de recuperación. Bajo esta mirada paternalista, asumimos que otros —profesionales, instituciones o el propio sistema— deben tomar decisiones en su nombre.

Al mismo tiempo, existe otra idea muy extendida: la creencia de que las víctimas son, por naturaleza, profundamente punitivas, que lo único que desean es que el infractor sea castigado con la mayor severidad posible. Este estereotipo lleva a pensar automáticamente que las víctimas no estarían dispuestas a participar en procesos restaurativos.

Las ideas están tan arraigadas que ni siquiera nos detenemos a considerar que algunas víctimas —incluso de delitos muy graves— puedan necesitar o desear una justicia diferente, más humana y más centrada en sus necesidades.

Con frecuencia se afirma que la justicia restaurativa no sería adecuada para determinados delitos, especialmente los más graves, y se utiliza a las víctimas como argumento para justificar esta exclusión. Pero surge entonces una pregunta incómoda: ¿qué ocurre si una víctima sí desea participar en un proceso restaurativo?

No son pocos quienes podrían llegar a cuestionarla. Porque según el imaginario social dominante, lo “normal” sería que la víctima reclamara venganza o castigos ejemplares. Si no lo hace, parece que rompe el papel que la sociedad le ha asignado.

NO HAY VÍCTIMAS BUENAS O MALAS

La realidad, sin embargo, es mucho más compleja y diversa.

Cada persona vive el delito de manera diferente. Cada historia, cada proceso emocional y cada necesidad es única. Algunas víctimas desean transitar exclusivamente el proceso penal tradicional, mientras que otras buscan algo más: un espacio donde puedan ser escuchadas, comprendidas o donde puedan encontrar respuestas que el sistema penal no les ofrece.

Ambas opciones son legítimas y merecen el mismo respeto.

Todas las víctimas son, ante todo, personas que han sufrido un daño profundo. No existen víctimas “buenas” o “malas”, ni formas correctas o incorrectas de reaccionar ante el delito.

En muchos casos, cuando las víctimas reclaman penas más duras no lo hacen necesariamente por un deseo de venganza. A menudo lo hacen porque perciben que el castigo es lo único que el sistema penal está dispuesto a ofrecerles. Si la única respuesta posible es la sanción al infractor, es comprensible que se aferren a ella como la única vía para sentir que el daño ha sido reconocido.

Se instala entonces una lógica aparentemente sencilla: más castigo debería significar más reparación.

Sin embargo, la experiencia demuestra una y otra vez que el castigo por sí solo rara vez logra satisfacer las necesidades profundas de quienes han sufrido un delito. La prisión del infractor no siempre trae consigo la comprensión del daño, ni la sanación emocional, ni la reconstrucción del sentido de seguridad perdido.

Por ello, junto a la respuesta penal, es necesario acompañar a las víctimas en los momentos de mayor vulnerabilidad, escucharlas, apoyarlas y ayudarles a encontrar caminos que les permitan reconstruir su vida y resignificar lo ocurrido.

ALGUNAS NECESIDADES REALES DE LAS VÍCTIMAS

Cuando se escucha directamente a las víctimas, muchas coinciden en señalar algo que podría parecer sencillo, pero que no siempre ocurre: su principal expectativa es ser tratadas con respeto.

Las víctimas desean sentirse escuchadas, comprendidas y tenidas en cuenta. Necesitan recibir información clara sobre lo ocurrido, sobre el proceso judicial y sobre las posibles respuestas que el sistema contempla para su caso.

Sin embargo, el sistema penal tradicional suele estar enfocado principalmente en determinar la culpabilidad del infractor y en establecer el castigo correspondiente. La lente con la que se mira el delito está centrada en la infracción de la norma y en la respuesta punitiva del Estado.

En este modelo, el castigo parece convertirse en la solución principal, como si fuera suficiente para satisfacer a las víctimas, reparar el daño sufrido o ayudarles a superar el trauma provocado por el delito.

Pero las necesidades de las víctimas suelen ir mucho más allá.

Muchas necesitan saber que existe un responsable y, sobre todo, que ese responsable reconoce el daño causado. Para muchas víctimas, este reconocimiento —esta validación— es incluso más importante que la reparación material del daño.

Sentir que el infractor comprende el impacto de sus actos puede convertirse en un paso fundamental para que la víctima se sienta respetada y escuchada.

Otra necesidad frecuente es recuperar la sensación de seguridad. Muchas víctimas expresan el deseo de que nadie más tenga que pasar por lo mismo. Para ello necesitan creer que el infractor ha tomado conciencia de lo ocurrido y que existe una verdadera posibilidad de que no vuelva a causar daño.

Necesidades como la información, la validación, el reconocimiento del daño, la restitución, el testimonio, la seguridad o el apoyo emocional encuentran un espacio más amplio cuando cambiamos la forma de entender la justicia.

Este cambio implica pasar de una mirada puramente retributiva a una mirada restaurativa, donde el delito se entiende no solo como una infracción a la ley, sino como un daño causado a personas y relaciones.

CONCLUSIONES

Las víctimas no son un grupo homogéneo ni responden a un único modelo de comportamiento. No todas buscan lo mismo, no todas sienten lo mismo y no todas encuentran alivio en las mismas respuestas.

Reducirlas a estereotipos —ya sea el de víctima frágil o el de víctima vengativa— es otra forma de invisibilizar su verdadera voz.

Escuchar a las víctimas significa aceptar su diversidad, respetar sus decisiones y reconocer que cada proceso de recuperación es único.

La justicia restaurativa nos recuerda que detrás de cada delito hay historias humanas que no pueden reducirse a un expediente judicial. Nos invita a mirar más allá del castigo y a preguntarnos qué necesitan realmente las personas para sanar.

Porque, al final, la verdadera justicia no debería decidir por las víctimas ni imponerles cómo deben sentirse.

La verdadera justicia comienza cuando las escuchamos, las respetamos y les devolvemos la posibilidad de participar activamente en su propio proceso de recuperación.

Solo entonces la justicia deja de ser un sistema que habla sobre las víctimas y se convierte en un espacio que habla con ellas y, sobre todo, las escucha.

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