INTRODUCCIÓN
Con frecuencia, quienes trabajamos en el ámbito de los juzgados olvidamos una realidad fundamental: los tribunales existen para los ciudadanos. Son las personas comunes las que acuden a ellos con la esperanza de que su problema encuentre una solución. Sin embargo, una vez que entran en la maquinaria judicial, todo pasa a ser gestionado por profesionales y, paradójicamente, quien menos información tiene sobre la evolución de su propio problema suele ser quien más directamente está afectado: el ciudadano.
Esta situación se hace especialmente evidente en la justicia penal. Con frecuencia, la víctima termina siendo quien menos es escuchada y quien tiene menos participación en un proceso que, en última instancia, gira en torno a un hecho que le ha afectado de manera directa y profunda.
Por ello, me gusta hablar con las personas sobre su visión de la justicia. Y lo cierto es que sus opiniones rara vez me dejan indiferente. La generalizada insatisfacción de los ciudadanos con el sistema judicial no es casual. Es, en gran medida, el reflejo de una justicia que muchas veces carece de empatía hacia quienes acuden a ella buscando soluciones. A esto se suma un exceso de formalismos y burocracia que la convierten en un sistema frío, distante, poco adaptado a la realidad y, en demasiadas ocasiones, incomprensible para el ciudadano común.
LA JUSTICIA TRADICIONAL NO EMPODERA, LA RESTAURATIVA SÍ
Hace algún tiempo, un hombre de cierta edad me dijo que todos los que trabajamos en el ámbito de la justicia somos, en cierto modo, peligrosos. Según él, siempre transmitimos la idea de que todo irá bien, pero la experiencia de quienes acuden a los tribunales suele ser muy distinta: invierten tiempo, dinero y energía sin comprender realmente qué está ocurriendo durante el proceso.
Al final, se sienten tratados como si fueran incapaces de entender su propia situación, ya que rara vez se les pregunta qué necesitan, qué esperan o qué solución consideran más adecuada. Son los profesionales quienes, con frecuencia, asumimos el papel de decidir qué es lo mejor para las partes implicadas.
Curiosamente, este hombre comparaba a los juristas con los médicos. Decía que ambos tienden a tranquilizar a las personas asegurando que todo irá bien, aunque luego la realidad sea más compleja y las consecuencias más costosas de lo que se esperaba. Con esta reflexión, probablemente quería expresar que, en ocasiones, se prometen más beneficios de los que realmente se obtienen cuando alguien decide acudir a los tribunales.
Muchas personas llegan a la justicia sintiéndose indefensas, y en no pocas ocasiones terminan sintiéndose aún más vulnerables dentro del propio sistema. Esto ocurre porque se les trata como sujetos pasivos del proceso, sin ofrecerles verdaderas oportunidades para participar en la toma de decisiones ni para comprender las distintas opciones que existen para afrontar el daño.
Frente a esta realidad, la justicia restaurativa propone un enfoque diferente. Se trata de una justicia más cercana a las personas, adaptada a las necesidades de cada víctima, de cada infractor y también de quienes se ven afectados indirectamente por el delito.
Dos de sus pilares fundamentales son la participación y la inclusión. Gracias a ellos, todas las personas implicadas en el conflicto tienen la posibilidad de ser escuchadas y de aportar su perspectiva en la búsqueda de una solución.
Más que una alternativa al sistema tradicional, la justicia restaurativa puede entenderse como una forma de justicia potencialmente más justa. Esto se debe a que informa, escucha y tiene en cuenta las necesidades y opiniones de quienes han sido más directamente afectados por el delito.
Por ello, cada vez son más quienes consideran que no resulta descabellado avanzar hacia una justicia penal con enfoque restaurativo. En ella, los encuentros restaurativos —cuando sean posibles— o, en su defecto, otras fórmulas restaurativas sin encuentro directo, podrían convertirse en un paso esencial dentro del proceso penal, contribuyendo a construir un sistema más humano, participativo y centrado en las personas.
CONCLUSIONES
Escuchar con mayor atención las inquietudes, experiencias y expectativas de los ciudadanos es un paso imprescindible para mejorar la forma en que entendemos y aplicamos la justicia. Cuando las personas se sienten escuchadas y comprendidas, aumenta su confianza en el sistema y su percepción de que el proceso judicial realmente busca reparar el daño causado.
La justicia restaurativa ofrece herramientas valiosas para acercar la justicia a quienes más la necesitan. Al fomentar la participación, el diálogo y la responsabilidad, permite que las personas implicadas recuperen un papel activo en la resolución del conflicto y en la búsqueda de soluciones que tengan verdadero significado para ellas.
Avanzar hacia una justicia con mayor enfoque restaurativo no significa sustituir completamente el modelo tradicional, sino complementarlo y enriquecerlo con mecanismos que permitan humanizar el proceso penal. En definitiva, se trata de construir una justicia más comprensible, más participativa y más sensible a las necesidades reales de quienes acuden a ella en busca de reparación y reconocimiento.

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