martes, 17 de marzo de 2026

¿Qué no es justicia restaurativa con humor?


Últimamente basta con pronunciar “justicia restaurativa” para que todo suene moderno, humano y profundamente transformador. La expresión tiene algo de conjuro institucional: se dice tres veces, se colocan unas sillas en círculo y, aparentemente, ya está hecho.

Pero conviene aclarar algunas cosas antes de que acabemos creyendo que la justicia restaurativa funciona por simple decoración de mobiliario.

Para empezar, la justicia restaurativa no es poner a varias personas en círculo y esperar que la geometría produzca efectos terapéuticos. Si el círculo tuviera poderes restaurativos por sí mismo, bastaría con reorganizar las salas de vistas y el sistema penal entero quedaría mágicamente humanizado.

Tampoco consiste en reunir a víctimas y ofensores para una charla, un encuentro simbólico o, en el mejor de los casos, una especie de café-tertulia o una comida con buenas intenciones. El daño no se repara por proximidad física ni por compartir aire en la misma habitación.

No es magia. No es brujería. No es un ritual en el que, tras unas palabras solemnes y un ambiente cuidadosamente preparado, todo el mundo sale transformado, reconciliado y con una nueva visión de la vida. La justicia restaurativa no es magia; si sacas la varita y mueves las sillas, el daño sigue ahí.

Tampoco es un curso acelerado de responsabilización. Escuchar una charla o participar en un taller no convierte automáticamente a una persona en alguien que comprende profundamente el daño que ha causado. Si fuera así, bastaría con organizar más seminarios y el problema de la violencia estaría resuelto.

Y reunir a víctimas y ofensores, sin más, tampoco convierte ese encuentro en justicia restaurativa. Si así fuera, muchas discusiones familiares de sobremesa podrían considerarse procesos restaurativos avanzados.

La justicia restaurativa es bastante menos cómoda que todo eso. Requiere tiempo, preparación seria, acompañamiento cuidadoso, una metodología clara y, sobre todo, algo mucho más difícil de conseguir que una foto de grupo: un proceso real de reconocimiento del daño y de responsabilización.

Pero claro, eso es lento. Es complejo. Y no siempre produce titulares rápidos.

Por eso quizá la verdadera pregunta no sea qué es la justicia restaurativa, sino por qué a veces tenemos tanta prisa en llamarlo así cuando en realidad no lo es. Porque cuando convertimos la justicia restaurativa en una etiqueta decorativa, no solo confundimos a la sociedad: también corremos el riesgo de trivializar algo que, bien hecho, exige precisamente lo contrario de la prisa, la improvisación y el marketing.

Y cuando hablamos de daño, de víctimas y de responsabilidad, lo último que necesitamos es una justicia restaurativa de escaparate.

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