INTRODUCCIÓN
«Si tu única herramienta es un martillo, tiendes a tratar cada problema como si fuera un clavo», decía Abraham Maslow.
Esta frase puede ayudarnos a reflexionar sobre la forma en que tradicionalmente respondemos al delito. Cuando una persona comete un delito, con frecuencia queda rápidamente etiquetada: es un delincuente. Y esa etiqueta puede llegar a convertirse en una identidad que resulta muy difícil de abandonar.El sistema penal puede establecer que, una vez cumplida la condena y transcurrido el tiempo correspondiente, los antecedentes penales pueden cancelarse. Pero una cosa son los antecedentes y otra muy diferente es el estigma social.La condena termina; la etiqueta no siempre.
La Justicia Penal tradicional tiende a repartir determinados roles: víctima y delincuente. Y una vez asignados, salir de ellos puede resultar extraordinariamente difícil. La persona ofensora queda identificada por aquello que hizo y la víctima puede quedar igualmente atrapada en el papel de quien sufrió el daño.
Esto puede tener consecuencias importantes.
Si constantemente tratamos a una persona como delincuente, ¿qué posibilidades reales le estamos ofreciendo de construir una identidad diferente? Pocas veces la justicia tradicional permite que sea reconocida por lo que hace bien después del delito. Y también son limitados los estímulos para que abandone la conducta delictiva no simplemente por miedo al castigo, sino porque ha comprendido el daño causado y ha decidido que no quiere volver a dañar a otra persona.

