miércoles, 10 de febrero de 2021

¿Cómo es el infractor?


 LA JUSTICIA TRADICIONAL EXCLUYE Y ESTIGMATIZA

Muchas veces he visto que a las personas nos resulta muy difícil pensar en un infractor y verlo como un ser humano, sobre todo si el delito es de cierta gravedad,  la cosa igual cambia si es un familiar nuestro, el que ha cometido un delito. Generalmente para muchas personas, es más fácil  ver al infractor como alguien diferente del resto de la población, como alguien que por sus circunstancias o características tiene tendencia a delinquir. En estos casos, lo que debería hacerse es intentar neutralizar a estos infractores para evitar que vuelvan a delinquir, puesto que sus circunstancias les hacen proclives a ello. Estaríamos hablando de una justicia que excluye, estigmatiza y separa para evitar un daño al resto de la comunidad. Aunque me duela decirlo esta es la Justicia que muchas veces tenemos y que fomentamos a través de los medios de comunicación. Sin duda, para alguien que ha sufrido un delito puede ser más tranquilizador pensar que el que le ha causado un daño es una persona proclive a la delincuencia,  diferente del resto de la población, casi un demonio. Sin embargo, la realidad es que en la generalidad de los casos el infractor es alguien normal, que en un momento dado ha ido por un camino diferente y esto le ha llevado a perjudicar a otro ser humano, pero siempre hay que tener en cuenta que el delito los perjudica también a ellos y a su entorno más cercano. Es más estos días estoy constatando una realidad los que no hemos sido víctimas somos mucho más punitivos que los que lo han sido.

HUMANIZAR A LA PERSONA INFRACTORA

 Esto en las víctimas se traduce en que el daño sufrido podría haberle pasado a cualquiera, este pensamiento puede resultar estresante, ya que al final pensaran que cualquiera que vive a su alrededor puede ser un potencial delincuente. Quizá nos volvemos un poco paranoicos, sin embargo, esta forma de ver la delincuencia ayuda a prevenir, y a evitar el estigma de ser considerado un infractor, sin posibilidad de reinserción

También ayuda porque sabremos que si buscamos la mejor forma de abordar el delito tendremos menos infractores delinquiendo y más volviendo a la sociedad como personas nuevas, porque tenemos claro que son gente como nosotros, que por una circunstancia o una mala opción han cometido un delito. 

CONCLUSIÓN

La Justicia Restaurativa ayuda a gestionar el delito y su impacto de la mejor manera posible, dando una segunda oportunidad a este miembro de la comunidad (infractor) que equivocó su camino y procurando la "curación de la víctima" y de la sociedad, en general. Los procesos restaurativos ayudan a quitar los "estigmas" permanentes y a humanizar la justicia, atendiendo a los seres humanos que sufren e intentando evitar que vuelvan a sufrir. Pero necesitamos dejar de decidir por las víctimas, si una víctima ha decidido reunirse con su ofensor por qué los demás critican la decisión, por qué el miedo a que se produzca un diálogo... Creo que en ocasiones muchas personas necesitan nutrirse de odio, y el odio solo te endurece el corazón por eso las víctimas son mucho menos punitivas, porque desean vivir en paz y pasar página.

1 comentario:

  1. "La justicia tradicional excluye y estigmatiza".
    ¡Claro que sí!
    Pero lo hace a través de la pena privativa de la libertad.
    Esta pena vino a sustituir penas corporales muy crueles y penas de muerte y se consideró mucho más benigna y repersonalizadora que aquéllas.
    Sin embargo, con el tiempo se consideró que también tenía gruesas fallas y la peor es que, en vez de ser repersonalizadora, es despersonalizadora y también sumamente cruel, justamente por la denigración y estigmatización que imponía a los condenados.
    Hasta hace algunas décadas era impensable eliminar la reclusión de los delincuentes porque se presume, con algún fundamento que no deja de ser razonable, que si estuvieran sueltos volverían fácilmente a delinquir.
    Entonces, se los recluye por un tiempo o de por vida.
    Si es de por vida, ello equivale a una condena a muerte extremadamente cruel porque consiste en una agonía permanente, generalmente muy prolongada, de modo que cabe preguntarse si tiene alguna ventaja sobre la pena de muerte que se usaba antes (y en algunos países persiste aún).
    Si el encierro es por tiempo limitado, generalmente se admite – opinión popular y de especialistas también – que, en la mayoría de los casos, las personas, cuando terminan su condena, son más proclives a delinquir que cuando entraron a prisión.
    La denigración y estigmatización, prácticamente inevitable, que sufren impulsa a los encarcelados a enemistarse cada vez más profundamente con la sociedad y a acallar cualquier remordimiento ante el daño que provocaron o planean nuevamente provocar.
    Pero ahora existen medios para neutralizar a las personas fuera de la prisión, con un seguimiento personalizado que puede ser muy eficaz gracias a la localización permanente que permiten los métodos electrónicos de control.
    Entonces, si puede instrumentarse una eficaz libertad vigilada, siempre que sea con un seguimiento personalizado muy estricto, sería mucho mejor imponer a los ofensores penas de trabajo reparativo o comunitario, en vez de un encierro improductivo, para obtener un producto valioso y destinarlo a indemnizar a las víctimas.
    Obviamente, el daño irreversible así no desaparecerá, pero el simbolismo de "estar trabajando para las víctimas" en vez de "estar pudriéndose en la cárcel” ayudaría a mitigar, aunque sólo fuera por ese simbolismo reparador, el sufrimiento de las víctimas y a incentivar un arrepentimiento en los ofensores, quienes sentirían estar condenados a reparar - lo cual puede ser una pena suficientemente severa y/o prolongada en el tiempo para no consistir en algo liviano que evite la disuasión de continuar delinquiendo o de ser imitados por otros - pero no necesariamente a ser denigrados y estigmatizados.
    La sociedad no está preparada para aceptar el cambio, pero cuando se eliminaron las penas corporales y mutilaciones, probablemente fue igual.
    Un librito de un joven que no era penalista, ni siquiera jurista ni abogado, impulsó mucho el cambio. Se trató del libro “De los delitos y de las penas” de Cesare Bonesana, marqués de Beccaria, publicado en 1764.
    Sería bueno elaborar ahora algo similar para impulsar un nuevo cambio.
    La justicia restaurativa, que aboga por la reparación de las víctimas y de la sociedad y por la repersonalización de los ofensores, tiene la palabra.

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