INTRODUCCIÓN
Estoy convencida, tanto por mi experiencia profesional como por las conversaciones que he mantenido con numerosas personas que han sufrido un delito, de que las necesidades de las víctimas poco tienen que ver con lo que la justicia penal tradicional suele ofrecerles. Me gusta escuchar sus historias porque, una y otra vez, compruebo que la mayoría no responden al perfil punitivo que a menudo se les atribuye. Al contrario, sus preocupaciones suelen ir mucho más allá del deseo de un castigo ejemplar. Hace algún tiempo, un familiar sufrió un robo en su vivienda mientras estaba de vacaciones. Recibió una llamada en la que le comunicaban que habían entrado en su casa. Me contaba que, en un primer momento, pensó en los objetos sustraídos y en las pérdidas materiales. Sin embargo, esa preocupación duró poco.
Lo que realmente comenzó a angustiarle fue pensar que unos desconocidos habían invadido su espacio más íntimo. Se preguntaba si habían vigilado sus movimientos antes de actuar, cuánto tiempo llevaban observando la vivienda y, sobre todo, sentía que su hogar había dejado de ser ese lugar seguro donde siempre había encontrado tranquilidad.
Pero hubo un detalle de su relato que me llamó especialmente la atención. Me explicó que fueron los propios agentes de policía quienes le advirtieron de que sería muy difícil identificar a los autores y que, aunque finalmente fueran detenidos, probablemente los objetos robados ya habrían sido vendidos y nunca los recuperaría. Aquella conversación me hizo reflexionar sobre una realidad preocupante: en ocasiones, quienes trabajan diariamente dentro del sistema de justicia son también quienes menos confianza muestran en su capacidad para ofrecer respuestas satisfactorias.
LAS NECESIDADES DE LAS VÍCTIMAS
Mi familiar me explicó que, aunque daba prácticamente por perdidos los bienes materiales, necesitaba sentir que alguien respondía por el daño causado. Quería que los responsables fueran identificados, no tanto para recuperar sus pertenencias, sino porque necesitaba saber que existía una respuesta frente a lo ocurrido.
Esa conversación me hizo plantearme una pregunta inevitable: ¿en qué estamos fallando para que incluso quienes forman parte del sistema transmitan esa sensación de impotencia?Creo que hoy es más necesario que nunca demostrar que es posible hacer justicia de una manera más humana y centrada en las personas. Si la desesperanza nace dentro del propio sistema y acaba llegando a la ciudadanía, el resultado es una creciente pérdida de confianza en la justicia.
Por ello, considero imprescindible que jueces, fiscales, abogados, fuerzas y cuerpos de seguridad, personal penitenciario y el resto de operadores jurídicos conozcan en profundidad qué es la Justicia Restaurativa. Es lógico que algunos puedan mostrar inicialmente cierto escepticismo, pero difícilmente podrán valorar sus posibilidades si nunca han tenido la oportunidad de conocer sus principios y comprobar los resultados que ofrece en aquellos casos en los que puede aplicarse. Mi familiar continuó contándome que deseaba que encontraran a quienes habían cometido el robo. Entonces le pregunté si, además, le gustaría poder hablar con ellos.
Su respuesta fue inmediata. Me dijo que le habría gustado preguntarles por qué habían elegido precisamente su vivienda. Quería saber si había sido una decisión al azar o si llevaban tiempo vigilando sus movimientos. Tenía muchas preguntas sin respuesta, pero había una que resumía todas las demás: ¿quién me devuelve ahora la sensación de seguridad dentro de mi propia casa?
En ese momento comprendí, una vez más, que las necesidades de las víctimas son, en gran medida, necesidades morales y emocionales. Necesitan comprender lo ocurrido, recuperar el control sobre sus vidas, sentirse escuchadas y disminuir el miedo que el delito ha instalado en su día a día. La justicia penal tradicional difícilmente puede ofrecer respuestas a estas necesidades, porque su finalidad principal consiste en determinar la responsabilidad penal del autor y, en su caso, imponer una sanción. La Justicia Restaurativa, en cambio, parte de una pregunta diferente: ¿qué necesita la víctima para comenzar a recuperarse?
Por eso considero que debería ofrecerse a todas las víctimas como primera opción, siempre que las circunstancias del caso lo permitan y que su participación sea plenamente voluntaria. Si finalmente un proceso restaurativo no pudiera llevarse a cabo, el procedimiento penal seguiría su curso con todas las garantías. Pero incluso en esos casos, la respuesta institucional debería incorporar una mirada más humana y restaurativa, poniendo a la persona en el centro y no únicamente al delito.
CONCLUSIONES
Con demasiada frecuencia pensamos que las víctimas buscan exclusivamente castigos más severos. Sin embargo, cuando se las escucha de verdad, aparecen otras necesidades mucho más profundas: comprender por qué ocurrió el delito, obtener respuestas, recuperar la seguridad perdida, sentirse respetadas y comprobar que quien causó el daño asume su responsabilidad.
La Justicia Restaurativa no sustituye al proceso penal, pero sí puede complementar aquello que este difícilmente alcanza: atender las necesidades humanas que nacen tras el delito. Escuchar a las víctimas, reconocer su sufrimiento y ofrecerles un espacio donde puedan expresar sus dudas y recuperar parte del control sobre sus vidas constituye, probablemente, una de las formas más auténticas de hacer justicia.

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