INTRODUCCIÓN
Siempre he defendido que la justicia restaurativa nació para devolver a las víctimas el protagonismo que durante demasiado tiempo les negó el sistema penal. Si el delito causa un daño, la primera obligación de la justicia debe ser atender a quienes lo han sufrido, escuchar sus necesidades y ofrecerles un papel activo en su proceso de recuperación.
Sin embargo, con el paso de los años he comprendido que una justicia verdaderamente restaurativa no puede limitarse a mirar únicamente a la víctima. El delito también afecta a quien lo comete. No porque sea una víctima de sus actos, sino porque romper con la ley y dañar a otra persona también deteriora su relación con la comunidad y, muchas veces, consigo mismo.Comprender esto no significa justificar el delito ni minimizar el sufrimiento de las víctimas. Significa entender que, si queremos una sociedad más segura, también debemos preocuparnos por cómo ayudamos a quienes algún día volverán a formar parte de ella.
