INTRODUCCIÓN
He señalado en diversas ocasiones la relevancia que tiene el sentimiento de vergüenza en la Justicia Restaurativa, tanto para la víctima como para el infractor. La víctima suele sentirse humillada; el rol de víctima cae sobre ella como una pesada losa y la vergüenza contribuye a su aislamiento y sensación de incomprensión. Es evidente que la vergüenza juega un papel fundamental en la psicología humana y en nuestras interacciones sociales; se trata de una emoción presente en todas las culturas.
Sin embargo, diversos investigadores sugieren que la tendencia racionalista de las sociedades occidentales ha llevado a negar o ignorar la vergüenza. Como resultado, rara vez hablamos de ella y, cuando lo hacemos, suele ser de manera superficial o figurada. Al no reconocerla, la vergüenza opera de forma clandestina, a menudo con efectos negativos. Puede tener un componente positivo cuando nos motiva a corregir nuestra conducta, pero también es una amenaza para la autoestima y, cuando se convierte en estigma, nos debilita.
En el ámbito penal, la vergüenza desempeña un papel determinante en muchos infractores y en la forma en que estos experimentan la justicia. De igual manera, influye de forma significativa en el trauma de las víctimas y en las percepciones negativas que suelen tener del sistema de justicia tradicional.
