miércoles, 10 de diciembre de 2025

Vergüenza y justicia restaurativa

 


INTRODUCCIÓN

He señalado en diversas ocasiones la relevancia que tiene el sentimiento de vergüenza en la Justicia Restaurativa, tanto para la víctima como para el infractor. La víctima suele sentirse humillada; el rol de víctima cae sobre ella como una pesada losa y la vergüenza contribuye a su aislamiento y sensación de incomprensión. Es evidente que la vergüenza juega un papel fundamental en la psicología humana y en nuestras interacciones sociales; se trata de una emoción presente en todas las culturas.

Sin embargo, diversos investigadores sugieren que la tendencia racionalista de las sociedades occidentales ha llevado a negar o ignorar la vergüenza. Como resultado, rara vez hablamos de ella y, cuando lo hacemos, suele ser de manera superficial o figurada. Al no reconocerla, la vergüenza opera de forma clandestina, a menudo con efectos negativos. Puede tener un componente positivo cuando nos motiva a corregir nuestra conducta, pero también es una amenaza para la autoestima y, cuando se convierte en estigma, nos debilita.

En el ámbito penal, la vergüenza desempeña un papel determinante en muchos infractores y en la forma en que estos experimentan la justicia. De igual manera, influye de forma significativa en el trauma de las víctimas y en las percepciones negativas que suelen tener del sistema de justicia tradicional.

LA BRÚJULA DE LA VERGÜENZA

Donald Nathanson identificó cuatro formas principales de respuesta ante la vergüenza, representadas en su conocida “brújula de la vergüenza”:

Evitación: modificar la conducta para evitar sentir vergüenza. Puede ser positiva si impulsa comportamientos adecuados, aunque también puede derivar en mecanismos defensivos poco saludables.

Retirada: alejarse emocional o socialmente para no enfrentar la vergüenza.

Ataque a otros: proyectar la vergüenza hacia el exterior, culpando o agrediéndo a otras personas.

Ataque a uno mismo: dirigir la ira hacia la propia persona, deteriorando la autoestima.

Una respuesta particularmente relevante en criminología es la creación de subculturas delincuenciales. Ante la experiencia compartida de vergüenza, algunos individuos se agrupan y revierten los valores sociales, definiendo como positivo lo que la sociedad considera negativo. Este fenómeno es la base del conocido “código de la calle” descrito por el sociólogo Elijah Anderson, una forma de negociar el respeto en un contexto donde los valores se invierten. En este marco, actos como la violencia o el paso por prisión pueden convertirse en fuentes de estatus.

¿QUÉ APORTA LA JUSTICIA RESTAURATIVA FRENTE A LA VERGÜENZA?

Los procesos restaurativos deben centrarse en reconocer y comprender la dinámica de la vergüenza, buscando maneras de gestionarla adecuadamente. El objetivo es evitar que esta emoción derive en aislamiento, agresión o estigmatización, y que pueda transformarse mediante la reafirmación, el reconocimiento y la reparación del daño.

Una de las funciones clave del facilitador  consiste en manejar la vergüenza durante el proceso. Su intervención permite que esta emoción no bloquee el diálogo, sino que sea reemplazada por sentimientos más constructivos como el respeto, la responsabilidad, la empatía o incluso el orgullo por haber afrontado el daño causado.

Aunque la vergüenza es un factor central, en los procesos restaurativos cobran igual o mayor relevancia otras emociones y procesos como el reconocimiento mutuo, la empatía, la escucha activa y la expresión de disculpas sinceras.

CONCLUSIONES

La vergüenza es una emoción universal que, sin embargo, suele ser silenciada en las sociedades occidentales, lo que agrava sus efectos negativos en víctimas e infractores. Comprender las diferentes respuestas que describe la brújula de la vergüenza permite identificar cómo esta emoción puede derivar en aislamiento, defensividad o violencia, especialmente cuando se integra en subculturas que invierten los valores sociales y normalizan conductas dañinas.

La Justicia Restaurativa ofrece un espacio seguro para reconocer y transformar la vergüenza, convirtiéndola en una oportunidad de responsabilidad y crecimiento. El papel del facilitador es clave para conducir este proceso, ya que su intervención puede evitar que la vergüenza se convierta en estigma y favorecer que emerjan emociones positivas como la empatía, el reconocimiento mutuo y la capacidad de pedir y recibir disculpas. A través de esta transformación emocional, se facilita una verdadera restauración tanto para quienes han sufrido el daño como para quienes lo han causado.

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