Desgraciadamente, cuando existen víctimas de catástrofes naturales, accidentes o incluso delitos, es frecuente que su dolor sea utilizado de forma sectaria y partidista. De este modo se olvida que las víctimas son, ante todo, personas que sufren, con independencia de su orientación política, y que lo que necesitan son respuestas y que sus necesidades sean atendidas por encima de cualquier otro interés.
Esto siempre ha ocurrido, pero en un mundo tan polarizado como el actual se percibe con mayor intensidad este intento de manipulación: más que acompañar a las víctimas, se busca congraciarse con ellas y aprovechar el rédito político que puede surgir de su dolor. Los daños y el sufrimiento requieren respuestas humanas, empáticas y por qué no…restaurativas.
SUFRIR UN DAÑO, CONVERTIRTE EN VÍCTIMA
En primer lugar, es necesario señalar que cuando una persona se convierte en víctima, su experiencia vital sufre una ruptura abrupta: el mundo deja de percibirse como un espacio predecible y seguro, y emerge la dolorosa constatación de que incluso a las personas consideradas buenas pueden acontecerles hechos profundamente injustos. El trauma desencadena así lo que diversos autores han conceptualizado como una crisis, tanto de identidad —expresada en preguntas como «¿en quién puedo confiar?»— como de la propia concepción del mundo.
Esta fractura interna da lugar a un conjunto de reacciones emocionales y cognitivas, entre las que destacan la pérdida del sentimiento de seguridad, el deterioro de la confianza interpersonal y una sensación persistente de vulnerabilidad. Como consecuencia, no resulta infrecuente que las víctimas adopten conductas de aislamiento y desconexión de su entorno social. En el caso de accidentes o catástrofes, el impacto traumático se manifiesta de manera particular en la alteración profunda de la visión del mundo previamente sostenida, afectando a las creencias básicas sobre el orden, la justicia y la previsibilidad de la realidad. Continuar leyendo en :lawandtrends

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