domingo, 23 de agosto de 2026

De la estigmatización a la reintegración con la justicia restaurativa

INTRODUCCIÓN

La vergüenza es una emoción especialmente relevante, aunque poco estudiada y, en ocasiones, incómoda dentro de la Justicia Restaurativa. Comprender cómo funciona la vergüenza es fundamental, porque forma parte de la psicología humana y está presente en nuestras relaciones e interacciones.Lo que provoca vergüenza, la forma en que se expresa y la manera en que se afronta varían entre culturas, pero es una experiencia presente en todas las sociedades. En las sociedades occidentales, sin embargo, tendemos a hablar poco de ella. Como consecuencia, la vergüenza puede permanecer oculta y continuar actuando de manera negativa.

La vergüenza no es necesariamente mala. Puede ayudarnos a reconocer que hemos actuado incorrectamente y motivarnos a cambiar nuestro comportamiento. Pero también puede convertirse en una amenaza para nuestra autoestima y generar respuestas defensivas, agresivas o de aislamiento.En el ámbito de la justicia, la vergüenza puede afectar tanto a infractores como a víctimas. Puede aparecer cuando una persona toma conciencia del daño causado, pero también cuando una víctima se siente culpable, cuestionada o estigmatizada por lo sucedido. Por eso, comprender esta emoción resulta esencial para desarrollar procesos restaurativos verdaderamente respetuosos y seguros.

LA VERGÜENZA VISTA POR DIFERENTES AUTORES

Donald Nathanson desarrolló su conocida «brújula de la vergüenza», que identifica cuatro respuestas habituales ante esta emoción: evitarla, retirarse o aislarse, dirigir la ira hacia otras personas —culpándolas— o dirigirla contra uno mismo.Algunas de estas respuestas pueden ser positivas si conducen a reconocer el error y modificar la conducta. Sin embargo, también pueden generar consecuencias negativas. La vergüenza puede proyectarse sobre otros, buscar culpables o favorecer la creación de grupos en los que se invierten los valores sociales.

En este sentido, determinados grupos o subculturas pueden convertirse en espacios donde quienes se sienten rechazados encuentran reconocimiento y pertenencia. El denominado «código de la calle», estudiado por autores como Elijah Anderson, puede entenderse también desde esta perspectiva: en determinados contextos, conductas que la sociedad considera negativas pueden convertirse dentro del grupo en formas de obtener respeto y reconocimiento.John Braithwaite incorporó de manera decisiva el estudio de la vergüenza a la Justicia Restaurativa en su obra Crime, Shame and Reintegration. Diferenció entre vergüenza estigmatizante y vergüenza reintegradora.

La vergüenza estigmatizante condena no solo el comportamiento, sino a la persona que lo ha cometido. El individuo deja de ser alguien que hizo algo malo para convertirse en «un delincuente». Las etiquetas pueden llegar a acompañarle durante años y dificultar su reintegración social.Frente a ella, Braithwaite plantea la vergüenza reintegradora, que permite desaprobar el comportamiento sin convertirlo en la identidad de la persona. Se cuestiona el acto, pero se mantiene la posibilidad de que quien lo cometió pueda cambiar y volver a ocupar un lugar positivo en la comunidad.

Para que esta vergüenza pueda resultar constructiva deben darse determinadas condiciones: se debe reprobar la conducta, no destruir a la persona; la desaprobación debe proceder de personas significativas para quien ha cometido el daño; y debe existir una posibilidad real de poner fin al proceso de vergüenza mediante la reintegración.Howard Zehr, junto con investigadores como Harris, Maruna y Maxwell, profundiza en otra idea fundamental: la vergüenza forma parte de la experiencia humana y puede aparecer tanto en las víctimas como en los infractores. También puede surgir durante un proceso restaurativo cuando el infractor comprende verdaderamente el impacto de sus actos.

Por eso, la cuestión no debería ser eliminar completamente la vergüenza, algo probablemente imposible, sino aprender a reconocerla y gestionarla adecuadamente. La vergüenza puede ser una emoción peligrosa cuando se utiliza para humillar o estigmatizar, pero puede adquirir un sentido diferente cuando se integra con la responsabilidad, la empatía y la reparación.Un proceso restaurativo bien desarrollado puede ofrecer precisamente un espacio para gestionar esta emoción de una manera saludable. El infractor puede reconocer el daño causado, asumir su responsabilidad y transformar progresivamente esa experiencia en orgullo por aquello que es capaz de hacer para reparar.Y quizá aquí encontremos una de las claves de la Justicia Restaurativa: no se trata simplemente de conseguir que una persona se sienta mal por lo que hizo, sino de ayudarla a comprender el daño, responsabilizarse, reparar y recuperar su dignidad sin negar la dignidad de quienes fueron dañados.

CONCLUSIONES

La vergüenza forma parte inevitable de muchas experiencias relacionadas con el delito, pero no todas las formas de vergüenza producen los mismos efectos. Humillar, etiquetar y estigmatizar puede aumentar el aislamiento, la hostilidad y la reincidencia. En cambio, desaprobar el comportamiento sin negar la dignidad de la persona puede favorecer el cambio y la reintegración.La Justicia Restaurativa debe ser especialmente cuidadosa con esta emoción. No pretende provocar vergüenza como castigo, sino crear las condiciones para que, cuando aparezca, pueda ser reconocida, gestionada y transformada.

Cuando la vergüenza se acompaña de reconocimiento, empatía, responsabilidad y reparación, puede dejar de ser una condena y convertirse en una oportunidad de cambio. En definitiva, no se trata de conseguir que el infractor se sienta peor, sino de ayudarle a hacer algo mejor. Porque la verdadera reintegración comienza cuando una persona puede reconocer el daño que causó sin quedar reducida para siempre a ese daño.

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