Como facilitadora de justicia restaurativa, me gustaría compartir algunas reflexiones sobre el trabajo de responsabilización de las personas ofensoras. A menudo se transmite la idea de que basta con asistir a un curso o participar en una intervención puntual para que alguien “se responsabilice”, pero la realidad es mucho más compleja. Impartir un curso, por sí solo, no asegura la responsabilización. La intervención del facilitador va mucho más allá de la transmisión de contenidos o del cumplimiento de un programa. Supone acompañar a la persona ofensora en un proceso reflexivo profundo, donde, a través de preguntas cuidadosas y confrontaciones respetuosas, pueda ir despojándose de sus justificaciones, minimizaciones y mecanismos de defensa.
Este acompañamiento no busca imponer respuestas ni provocar confesiones forzadas, sino abrir un espacio seguro y exigente a la vez, en el que la persona pueda enfrentarse gradualmente a la realidad de lo ocurrido. Comprender el impacto de sus acciones —en la víctima, en su entorno y en la comunidad— es un paso complejo que requiere tiempo, escucha activa y una presencia profesional sostenida.
La responsabilización no es un trámite ni un resultado automático de una formación. Es un proceso profundo, gradual y, con frecuencia, incómodo, que implica reconocer el daño causado sin justificaciones, asumir sus consecuencias y cuestionar creencias, actitudes y patrones de conducta arraigados. Requiere tiempo, acompañamiento especializado y, sobre todo, una implicación personal real por parte de quien ha causado el daño.
En muchos casos, el primer movimiento no es la aceptación plena, sino la minimización, la negación o la externalización de la culpa. Avanzar desde ahí hacia una asunción genuina de responsabilidad supone atravesar resistencias, defensas y miedos. No se logra con una sesión, ni con un certificado, ni con el cumplimiento formal de un programa.
Por eso, hablar de responsabilización como si fuera algo rápido o garantizado puede generar expectativas irreales y, a la vez, invisibilizar el trabajo sostenido que requiere. También puede resultar injusto para las víctimas, porque transmite una sensación de “problema resuelto” que no siempre corresponde con la realidad. Y por eso utilizar a voluntarios sin formación, que además son víctimas nunca es una buena opción. Por otro lado, si busca reunión con víctima subrogada (está de moda en España) se requiere todavía más preparación porque realmente no es la persona que te daño ni a la que dañaste.
