miércoles, 25 de febrero de 2026

Anatomía de una disculpa


 (imagen propiedad de Virginia Domingo, adaptada de Raina El Mugammar)

Una disculpa no es un simple “lo siento”, sino un camino que implica reconocimiento, responsabilidad y, sobre todo, reparación del vínculo dañado.

En justicia restaurativa lo primero es el reconocimiento: aceptar que ocurrió un daño y que ese daño fue real para otra persona. Sin esa aceptación inicial, cualquier disculpa queda vacía o suena defensiva. Reconocer no es solo admitir hechos, es también admitir el impacto que esos hechos tuvieron.

La parte de la aceptación emocional conecta con algo central en la  justicia restaurativa: darle espacio a la víctima para expresar lo que siente sin ser minimizada. Muchas heridas se agrandan cuando después del daño llega la invalidación (“no era para tanto”, “lo malinterpretaste”). Una disculpa desde el punto de vista de la justicia restaurativa  permite que el dolor sea escuchado y respetado, porque entiende que sanar también es sentirse visto.

Cuando se dice que  hay que centrarse en el daño y no en la culpa, toca un cambio cultural profundo. La justicia tradicional suele girar alrededor de castigos y culpables, mientras que la justicia restaurativa pregunta qué se rompió, quién fue afectado y qué necesita para recuperarse. Una disculpa auténtica no busca aliviar la incomodidad del agresor, sino poner el foco en quienes fueron perjudicados.

Además, la idea de responsabilidad y cambio de comportamiento es fundamental. En justicia restaurativa, asumir responsabilidad no significa solo pedir disculpas, sino comprometerse a modificar conductas y reparar. Si no hay intención real de cambio, la disculpa se vuelve un gesto superficial o incluso una forma de manipulación para evitar consecuencias.

Finalmente, el punto sobre despojarse del perdón es quizá el más poderoso. La justicia restaurativa reconoce que el perdón no se exige ni se negocia: es una decisión libre de quien fue dañado. Pedir perdón esperando automáticamente ser perdonado puede convertirse en otra forma de presión. En cambio, disculparse sin exigir respuesta demuestra madurez ética: implica aceptar que el daño puede dejar marcas y que reparar no siempre significa volver a como era antes.

En conjunto, se muestra que disculparse bien es un acto profundamente restaurativo: no borra el daño, pero puede abrir la posibilidad de reparación, dignidad y reconstrucción. Y eso, en el fondo, es lo que busca la justicia restaurativa: no solo resolver la situación sobre el daño causado , sino sanar lo que este rompió.

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