Si partimos de la idea de que la Justicia Restaurativa es mucho más que un conjunto de metodologías concretas y que constituye, ante todo, un sistema de principios y valores que deberían informar la justicia contemporánea —e incluso nuestra forma de vivir en sociedad—, podemos identificar algunos indicadores que permiten comprender qué implica realmente una metodología restaurativa:
Compromiso
La Justicia Restaurativa implica la participación activa de las personas afectadas, incluyendo a la comunidad. Esto supone involucrar, en la medida de lo posible, a la víctima, a la persona que causó el daño, a sus familias y a los entornos cercanos (barrio, escuela, comunidad), en un proceso orientado a la curación y a la reparación del daño. Evidentemente, no siempre será posible contar con la participación de todos los actores, pero resulta importante mantener esta perspectiva amplia como horizonte de intervención.
Compromiso de la persona o personas dañadas
Los estudios muestran que las personas perjudicadas valoran especialmente tener la oportunidad de expresar su experiencia, ser escuchadas y participar razonablemente en la configuración del resultado del proceso. Este espacio de participación favorece su empoderamiento y contribuye a que la reparación tenga un sentido real para ellas.
Compromiso de la persona o personas que han causado el daño
Las investigaciones también indican que los programas restaurativos implican activamente a quienes han causado el daño en la comprensión de sus consecuencias, evitando la justificación de los hechos y promoviendo la toma de conciencia sobre las necesidades generadas. Asimismo, se fomenta su participación en la elaboración de posibles acuerdos o resultados. No siempre será posible alcanzar compromisos concretos; en ocasiones, el acuerdo puede consistir simplemente en la voluntad expresa de no volver a causar daño y de intentar reconectar con la comunidad.
Compromiso de la comunidad
Los estudios evidencian que los programas restaurativos promueven la implicación activa de la comunidad en la respuesta a las necesidades de las personas afectadas y en la reconstrucción de los vínculos sociales dañados por el delito. Este sigue siendo, probablemente, uno de los mayores retos pendientes: avanzar hacia una comunidad más corresponsable, que no se limite a ocupar el lugar de víctima indirecta, sino que asuma un papel activo como agente de cuidado, apoyo y responsabilidad compartida.
Rendición de cuentas
(Comprensión del impacto del hecho cometido en los demás y en uno mismo)
La Justicia Restaurativa fomenta una responsabilidad auténtica orientada a atender las necesidades derivadas del daño y a repararlo. Las evidencias muestran que los procesos restaurativos favorecen que las personas que han causado el daño reconozcan su responsabilidad de manera más consciente y significativa.
Asimismo, estos procesos ofrecen oportunidades para desarrollar una comprensión profunda de cómo las propias acciones afectan a otras personas y al conjunto de la comunidad. Esta toma de conciencia es clave para que la responsabilidad no sea meramente formal, sino interiorizada.
Los estudios también señalan que los procesos restaurativos facilitan la elaboración de acuerdos directamente relacionados con la reparación del daño, en coherencia con las necesidades expresadas por la víctima y asumidos voluntariamente por quien causó el daño. No obstante, conviene recordar que, más allá del acuerdo final, lo verdaderamente valioso es el propio proceso: un espacio seguro en el que las personas pueden contar su historia sin vergüenza ni temor, ser escuchadas y reconocidas.
Restauración y reparación
La restauración implica el reconocimiento del daño causado y la voluntad de repararlo, no como un castigo impuesto externamente, sino como una responsabilidad asumida. Los estudios muestran que los procesos restaurativos favorecen un reconocimiento más sincero y constructivo de dicha responsabilidad.
Asimismo, cuando existen acuerdos y estos se cumplen, suelen centrarse en una reparación ajustada a las necesidades reales de las personas afectadas, y no en lo que terceros consideran que “deberían” querer las víctimas, lo que refuerza su empoderamiento. En algunos casos, la reparación no puede realizarse directamente hacia la víctima, pero puede tener lugar en beneficio de la comunidad, lo que también posee un profundo valor restaurativo.
Finalmente, las investigaciones reflejan un alto grado de satisfacción de las personas perjudicadas con los resultados de los procesos restaurativos, especialmente cuando han podido participar activamente, ser escuchadas y sentirse reconocidas.
CONCLUSIONES
Entender la Justicia Restaurativa como un conjunto de principios y valores, y no únicamente como una metodología, permite ampliar su alcance y reconocer su potencial transformador en la manera en que concebimos la justicia y la convivencia social. Su aportación fundamental reside en situar en el centro a las personas y a las relaciones dañadas, más allá del hecho delictivo y de su calificación jurídica.
Los procesos restaurativos promueven el compromiso activo de quienes han sufrido el daño, de quienes lo han causado y de la comunidad, favoreciendo espacios de escucha, reconocimiento y corresponsabilidad. A través de estos procesos se facilita una rendición de cuentas genuina, basada en la comprensión del impacto causado y en la asunción voluntaria de la responsabilidad, y no únicamente en la imposición de una sanción.
Asimismo, la Justicia Restaurativa permite avanzar hacia formas de reparación más ajustadas a las necesidades reales de las personas afectadas, fortaleciendo su empoderamiento y evitando respuestas estandarizadas que invisibilizan el daño vivido. Incluso cuando no es posible una reparación directa, el proceso restaurativo puede generar sentido, reconocimiento y reparación simbólica, tanto en favor de la víctima como de la comunidad.
En definitiva, apostar por la Justicia Restaurativa implica promover una cultura jurídica y social orientada a la restauración de vínculos, la dignidad y la pertenencia. Una justicia que no se limite a reaccionar frente al daño, sino que contribuya activamente a reconstruir relaciones, reforzar la cohesión social y humanizar nuestras respuestas ante el conflicto y la violencia.

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