Esta frase resume de manera sencilla pero profunda el núcleo de lo que significa la justicia restaurativa. A diferencia de una reparación convencional que puede centrarse únicamente en compensaciones materiales, económicas o simbólicas, la justicia restaurativa pone en el centro de su acción la experiencia y la voz de las víctimas. Reconocer el daño no es un gesto trivial: es un acto que valida el sufrimiento vivido, que dice a quien fue herido que su dolor importa y que no ha sido ignorado ni minimizado. La reparación verdadera comienza cuando se reconoce lo que se ha perdido, lo que se ha quebrado y lo que necesita ser atendido para iniciar un camino de sanación.
Reconocer las heridas también implica crear espacios seguros para que las víctimas puedan expresar sus emociones, narrar sus experiencias y confrontar, si lo desean, a quienes les causaron daño. Este proceso no elimina el dolor, pero le da un sentido, lo pone en palabras y lo comparte, convirtiendo la soledad del sufrimiento en un acto de visibilidad y de dignidad. La justicia restaurativa, entonces, no promete borrar la memoria del daño; más bien, permite que esa memoria sea escuchada y reconocida, transformando el dolor en un punto de partida para la reconstrucción personal y social.
Además, esta justicia no solo impacta a las víctimas, sino también a las comunidades. Reconocer el daño públicamente ayuda a prevenir que se repita, a generar conciencia y a responsabilizar a quienes provocaron el sufrimiento. La justicia restaurativa invita a todos los involucrados a mirar la realidad del daño con honestidad y humanidad, y fomenta la responsabilidad, no como un castigo abstracto, sino como un compromiso real de reparar, en la medida de lo posible, las relaciones rotas.
En última instancia, la frase refleja la esencia de un enfoque que prioriza la escucha y el reconocimiento sobre la simple compensación. Nos recuerda que la reparación verdadera no está en borrar lo que ocurrió, sino en dar a las víctimas el espacio y el respeto que merecen, para que sus heridas, aunque nunca desaparezcan por completo, sean vistas, validadas y honradas. Así, la justicia restaurativa se convierte en un puente entre el dolor y la esperanza, entre la memoria del daño y la posibilidad de reconstruir la dignidad perdida.

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