INTRODUCCIÓN
He estado leyendo algunas reflexiones del blog de Howard Zehr que quiero transmitir aquí, porque también me invitan a reflexionar. En esta ocasión me gustaría hablar de la seguridad.
Solemos hablar quienes trabajamos en Justicia Restaurativa de la necesidad de crear un espacio seguro para que las partes puedan sentirse cómodas al iniciar un proceso restaurativo. Esta seguridad debe tenerse especialmente en cuenta con las víctimas y, más aún, cuando el delito ha sido de cierta gravedad.Muchas normas priorizan esta seguridad e incluso condicionan la Justicia Restaurativa a que no se produzca una revictimización. Este es el caso de la Directiva de 2012, que, aunque parece apostar por la Justicia Restaurativa, permite apreciar, cuando se analiza con detenimiento, cierto temor hacia estos procesos. En parte, creo que este temor procede del desconocimiento sobre cómo funcionan y sobre los beneficios que pueden generar en quienes participan en ellos.Pero también creo que responde a una tendencia a considerar a las víctimas como personas incapaces, necesitadas de protección constante, que no saben lo que quieren y necesitan que otras personas decidan por ellas. Nos cuesta pensar en una víctima que quiera contar su historia, que desee encontrarse con el infractor y que quiera reivindicar qué necesita para sentirse reparada o satisfecha después del delito.
VÍCTIMAS QUE RECLAMAN PARTICIPACIÓN
Parece que, en ocasiones, olvidamos que puede haber víctimas que quieran tener voz y participar en algo que les afecta tan directamente como el delito.Y esto es así. Muchas víctimas pueden sentirse más cómodas con la Justicia Restaurativa precisamente porque les ofrece la oportunidad de participar activamente y de ser parte esencial en la gestión de las consecuencias y del impacto que el delito ha tenido en sus vidas.Volviendo a la seguridad, es cierto que, para estas víctimas que desean participar en un proceso restaurativo, es fundamental ofrecer el mejor espacio posible de protección y cuidado. Del mismo modo, para que el infractor pueda afrontar el proceso sin sentirse simplemente juzgado, también es necesario procurar un mínimo sentimiento de seguridad ante una posible reunión conjunta con la persona a la que causó el daño.
¿NOS LIMITA LA SEGURIDAD?
Sin embargo, el proceso de diálogo y reflexión que se genera en una reunión restaurativa cara a cara puede ser difícil, especialmente cuando el delito es de cierta gravedad. De hecho, algunas de las experiencias más sanadoras y transformadoras que he podido conocer han implicado, en cierta manera, momentos de inseguridad, precisamente por los retos y emociones que plantea una reunión de estas características. En determinados casos, es necesario evitar esta inseguridad, especialmente cuando consideramos que la víctima puede no estar preparada, sus expectativas respecto al proceso restaurativo no son adecuadas o necesita más tiempo. También puede ser necesario posponer o descartar el encuentro cuando el infractor no está preparado para enfrentarse a la persona a la que causó el daño, cuando todavía no existe un grado suficiente de asunción de responsabilidad o cuando no se dan las condiciones necesarias para garantizar un proceso adecuado.La clave está, por tanto, en no confundir seguridad con ausencia absoluta de dificultad. Un proceso restaurativo debe ser seguro, pero eso no significa que tenga que ser fácil, cómodo o previsible.
CONCLUSIONES
La seguridad es una condición esencial de cualquier proceso restaurativo, pero proteger a las víctimas no debería significar decidir por ellas. Si una víctima, con la información y preparación necesarias, quiere participar, contar su historia o encontrarse con quien le causó el daño, también debemos ser capaces de respetar esa decisión. La labor de quien facilita no consiste en eliminar cualquier emoción difícil o cualquier momento de incertidumbre, sino en valorar los riesgos, preparar adecuadamente a las personas y acompañarlas durante un proceso que puede resultar complejo. La Justicia Restaurativa necesita espacios seguros, pero no espacios artificialmente cómodos. A veces, para transformar el daño, es necesario atravesar conversaciones difíciles; la cuestión no es evitarlas siempre, sino asegurarnos de que quienes participan están preparados para afrontarlas y de que nadie es expuesto innecesariamente al daño.

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