INTRODUCCIÓN
Vamos a hacer un pequeño ejercicio de empatía y pongámonos en los zapatos de una persona que ha sufrido un delito, tiene que esperar un largo tiempo para el juicio, después sufrir otra vez, al rememorar todo el dolor del día del delito y de las secuelas (efectivamente la victimización secundaria, se padece en la justicia penal tradicional) y tras algún tiempo, espera que un tercero ajeno al daño que ha sufrido y como el delito ha impactado en su vida, decida sobre cuanto dolor ha sufrido, valorando simplemente cuanto castigo se le debe imponer al infractor para equipararlo al dolor que ha sufrido. Esta lentitud de la justicia, su generalización y burocratización, vaciándola del aspecto emocional que todo delito conlleva, la convierte en una gran injusticia, una agonía que rara vez es para bien. ¿Por qué ocurre esto?. Yo creo sinceramente que es porque la justicia tradicional piensa en los delitos abstractamente, es decir un número de expediente y unas consecuencias jurídicas, pero no se dan cuenta que detrás de este expediente, hay personas, hay seres humanos que sufren y que necesitan ser escuchados y sobre todo tener voz en algo que les afecta tan directamente como el delito
